El perro en la perrera se rasca las pulgas; el perro que caza no las siente #COVID19 #Día7

¡Me faltan dedos de la mano para acelerar tanto!

Día 7. Día de locura. Decididamente, este día está siendo un túnel sin final. Estamos acelerando. Esto que escribo y que leéis lo hago a matacaballo entre dos Teams simultáneos. Y muchos estamos así. Creo que alguien también me llama por teléfono y seguro que tengo algún WhatsApp pendiente. Luego entra mi hijo y me dice no sé qué y me río. Acierto a duras penas a poner el silencio. La red cuela nuestras comunicaciones con brío, brinca y transmite, pero creo que lo que ahora puede fallarnos son los procesos, la manera de construir nuestras reuniones y de ayudar al cliente, es nuestra vieja cultura de la interacción física que nos constriñe: el cuello de botella son las personas y sus pensamientos. Y lo cierto es que nos reclaman aceleremos estes alto a la nube, ¡más VPNs!, ¡más capacidad!… con un hambre desaforado. Tenemos que lanzar más puentes que permitan este tránsito… ¡todos al mundo online! Y pensar de otra forma. Esta manera lean para llegar a tiempo.

Dice el proverbio chino: “El perro en la perrera se rasca las pulgas; el perro que caza no las siente”… y sé que es contradictorio con todo lo que estoy sintiendo… porque hay algo que me impulsa a correr y correr… salir a cazar…y sé que en este vértigo encuentro cierto consuelo…y que aunque quizás tenga cada vez más claro el horizonte quisiera evitar algún accidente del camino.

Son muchas las lecciones que tienen que aprender los que vivimos así.

¿No será este un primer síntoma del Gran Cambio?

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Antes de iniciar la labor de cambiar el mundo, da tres vueltas por tu propia casa #COVID19 #día6

A nubes negras en el horizonte… ¡arrojo de héroe!

Día 6. Los mirlos se apoderan de nuestros parques y de nuestras antenas y llenan el silencio de la tarde. Los gorriones se hacen fuertes en las farolas y los balaustres. Los gatos los persiguen y fanfarronean sobre un universo donde los humanos han desaparecido. Siempre queda alguien: el ejercito que patrulla y multa a energúmenos. Y en este panorama todo puede ser online, todo, hasta el límite de lo que dé la red. Ya veo a mis compañeros de Soporte a las Operaciones, otros héroes de esta singular epopeya, en mil planes de contingencia para que nada se caiga. Uno de los activos más valiosos para mantener nuestra cordura de país, la fibra.


Hoy escucho tantos programas de radio que se realizan desde las casas, veo a Buenafuente que muda Late Motiv a su buhardilla. Quizás hasta haya que ir pensando mover las fábricas a la nube… ¿Dónde estamos? En cualquier parte… nuestro pensamiento vuela.


Por eso usaré el siguiente proverbio chino: “Antes de iniciar la labor de cambiar el mundo, da tres vueltas por tu propia casa”. En sentido figurado, aunque ahora, bajo un sentido físico aterrador, doloroso. Pragmático. Hay nubes negras en el horizonte. Habrá que aventarlas, pero antes, quiero decir, ahora, tenemos que realizar esta reconversión interior. ¿Dónde quedan esas preocupaciones de semanas pasadas?¿Qué tonterías ocupaban nuestros corazones? Ya empezamos a no recordarlas.


Muchos necesitan de nuestra ayuda y es momento de mantener el corazón sereno. Limpiar el polvo de las estanterías y redescubrir aquellos libros que dejamos olvidados en el camino…


Y bailar…

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Cuando tres marchan juntos tiene que haber uno que mande #COVID19 #dia5

¿Cuánto de eficaces podemos ser?

Día 5. Volvemos a la jornada laboral en un sádico ritornelo, ya no en modo prueba, sino bajo el augur de que es lo único que tendremos por semanas y… que nos dure. No tenemos bajas aparentes en los equipos, nos preguntamos por cada una de nuestras familias y todos respondemos con cierta pausa y con la voz emocionada.


Por suerte la actividad se acelera. Hoy he conseguido mantener dos sesiones de Teams simultáneas… ¡os lo prometo! Eso sí, no me enteré de mucho en una de ellas. Creo que tengo dos opciones, o centrarme bien en una sola y abandonar estos experimentos…o tal vez dar rienda suelta y dedicarme a probar con la Tablet también ¡y dar el salto magistral a 3 conferencias a un mismo tiempo!¡y por qué no con el televisor del salón y usar el Chromecast!¡serían 4 a la vez! Todo sea por una sonrisa de mis compañeros que empiezan a verme por todos los lados.


He leído esta mañana este artículo en el Washington Post donde se nos explica las ventajas del aislamiento social para reducir la curva de contagios. Muy interesante… salvo que me encantaría saber en que momento del proceso nos encontramos. ¿Cuánto falta para el final?…¿Cómo?…”Pero si ni siquiera hemos comenzado” debería responderme… ¡Paciencia! Luego subo la cabeza y veo a mi hijo, que me sonríe con la tremenda ilusión de tener a su padre en la habitación contigua todo el día…Y quiere que le ayude en un ejercicio de análisis sintáctico… estos son los momentos maravillosos de la reclusión…


Y ahora viene el tema del proverbio chino de este día: ”Cuando tres marchan juntos tiene que haber uno que mande”. A esto se le llama mando único, control, organización. Es lo que necesita nuestra sociedad, unidad de acción y criterio. ¿Pero nuestros gobernantes estarán a la altura? Yo espero que para comenzar, igual que media sociedad ha subido a la nube… sean ellos capaces de usar estas tecnologías y de construir un gobierno virtual, uno que por robusto pueda salvaguardar así nuestros intereses ciudadanos con indiferencia de la ubicación física… y que gracias a lo liviano y a lo ágil puedan tomar las decisiones correctas. Necesitamos gobiernos del siglo XXI, gobiernos lean. No tenemos tiempo, hay muchas vidas en juego.
Y mañana más.

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Si eres paciente en un momento de ira, escaparás a cien días de tristeza #COVID19 #día4

Si eres paciente en un momento…

Creo que me estoy habituando a estos proverbios chinos con esto de la crisis y del confinamiento. Hoy he visto uno que dice “Si eres paciente en un momento de ira, escaparás a cien días de tristeza”.
Son momentos de paciencia, de responsabilidad. En este primer fin de semana hemos vivido una especie de tobogán, una huida colectiva, una suerte de sorpresa y de apertura de constantes puertas que nos asustan. Unas detrás de otras, vemos que se abren y que la salida del laberinto permanece todavía lejos. A diferencia de las muchas distopías que leemos, esas que los escritorcillos construimos en nuestras narraciones de ciencia ficción, esta realidad, la nuestra, la que existe, martillea con sentido común: evita acudir en masa para desabastecer los supermercados, construye aislamiento social de manera responsable… ¡no viajes a la playa como si esto fuera un fin de semana que nos tocará circunstancialmente!


En mi casa, cuando miro por la ventana todo me parece igual. El mismo micropaisaje de la semana pasada. Los mismos pájaros que se posan en las antenas y que despiden el invierno. Las bandadas que emigran al sur. Alguna cigüeña camino de su nido. Pero ahora, un poco más lejos y fuera, la naturaleza llama, florece, las hojas se despiertan y nacen. Los campos de un verde intenso con sus florecillas meciéndose.


Y lo más hermoso y lo que más me reconforta es pensar que aquello, aquella belleza permanecerá;  que el mundo se acicala con la próxima primavera… para que cuando todo esto termine y cuando salgamos del encierro… podamos admirarlo.

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El mejor momento para plantar un árbol fue hace 20 años. El segundo mejor momento es ahora #COVID19 #dia2

¡No salimos de casa!

Es viernes. Día 2 desde que comenzamos a trabajar en casa. He leído otro proverbio chino que dice: “El mejor momento para plantar un árbol fue hace 20 años. El segundo mejor momento es ahora”. Hacemos planes para no salir de casa. Revisamos el estado de nuestras provisiones. Nos alarmamos cuando escuchamos el anuncio del “Estado de Alarma” del Presidente.

sAunque por otro lado y bien mirado, ha llegado el momento de encarar la crisis, sabedores del largo camino que nos espera. Seguimos gestionando temas técnicos de nuestro trabajo, que si la VPN, que si la seguridad de mi portátil, pero cada vez son menos relevantes. Ahora damos por descontado que no habrá más reuniones presenciales con nadie en unas cuantas semanas… ¡y quién las necesita!¡Y tenemos que seguir vendiendo!¡No podemos parar!
Es sorprendente la capacidad de adaptación de mi hijo: empieza a comprender el medio virtual y la realidad de las nuevas herramientas; la clase escucha atenta las explicaciones del profesor… y se responsabiliza de las tareas… luego hace su recreo y le encuentro jugando con sus compañeros… Ahora sí que creo que el conocimiento puede seguir poblando sus cabecitas.
No tenemos que dejarnos arrastrar por el miedo, por la desinformación. Hablemos todos los días con nuestra familia, y démonos una tregua de paz. La bolsa se hundirá, no nos confundamos, porque luego remontará y porque nosotros, como personas, tenemos un cosmos por proteger, el de nuestras vidas y de nuestra salud, el de la economía real.
Hace un día fantástico. Tenemos que sonreír.
Nos necesitamos así.

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Lo primero que hay que hacer para salir del pozo es dejar de cavar #COVID19 #dia1

“Este es mi nuevo lugar…”

Hay otro proverbio chino que dice algo así como “lo primero que hay que hacer para salir del pozo es dejar de cavar”.

Lo he traído a colación por la reorganización en nuestras vidas. No podemos lamentarnos ya de lo que estamos dejando atrás. No hay tiempo. En este sentido, por ejemplo, hoy he tenido que cambiar mi pequeño campamento de trabajo, abandonar mi escritorio y usar la mesa de la cocina. Ahora hemos reconfigurado una habitación para mis nuevos tiempos de teletrabajo. El lugar, finalmente, ha quedado mono y ciertamente, me gusta, y desde aquí escribo estas palabras.

Mi hijo se ha hecho dueño del Teams en sus clases a distancia y creo que mañana, si sigue esta curva de aprendizaje, lo manejará mejor que yo. Hoy hemos tenido los compañeros de empresa múltiples interacciones y nos hemos enseñado las casas, nuestros hijos entrando sin avisar y colándose por las pantallas, nos hemos difuminado el fondo de la imagen y luchamos por hacernos a la idea de que las cosas serán así por semanas. Enseñamos nuestros cascos y micros y bromeamos.

Fuera las cosas tienen otro cariz distinto.

El día es despejado y casi, diría que primaveral, y sin embargo la bolsa se hunde. Me da miedo mirar el valor de nuestros pequeños ahorros. El viento se los lleva.

Espero que el gobierno nos aguante. Y que estén aprendiendo a teletrabajar en esa especie de parlamento y administración virtual que se avecina. El valor de las personas y su capacidad para reaccionar más allá de eslóganes y piltrafas de ideas es ahora.

En un rato saldremos a pasear mi familia y espero olvidarme un rato de toda esta pesadilla. Porque por encima de todo me siento un privilegiado, auto-recluido para no contagiar a los más débiles, pero con capacidad de hacerlo, de seguir trabajando en lo que me gusta desde mi portátil. No tengo a nadie enfermo cercano a mí y no debo salir ni ir a ningún sitio, salvo por aquellos espacios que se visitan en la nube sin riesgo.


Este es en realidad el día primero de lo que sea.

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危机 (Wei Ji). La gran oportunidad. #COVID19

“Ahora soy solo nube”


La palabra Wei Ji es una palabra China que quiere decir: Wei, peligro y Ji, oportunidad.

El coronavirus casualmente vino de allí y ahora que nos sobresalta y pone en peligro nuestras vidas y realidades, es momento de afrontar nuestra propia Wei Ji. A modo de tránsito.

Uno es optimista a ultranza, que no tonto. Soy plenamente consciente de lo que puede pasar, de como la situación puede degradarse mucho más, y para comenzar los próximos 15 días en Madrid nuestros hábitos y costumbres van a transformarse sobremanera.

En lo personal, hoy comienzo y comenzamos muchos compañeros un maratón donde nuestras empresas, donde tenemos la fortuna de trabajar,nos virtualizan. Éramos trabajadores del conocimiento, pero ahora solo seremos solo nube. Donde nuestros clientes han cerrado también sus oficinas para proteger sus fábricas en la medida de lo posible, y donde nuestros hijos salen de las aulas físicas y van a aprender, junto a todos nosotros, una nueva forma de vida. Somos españoles, nos encanta tocarnos, reír, salir a la calle. Disfrutar de la vida y contar chistes. Pero esto no quiere decir que no podamos zambullirnos en esta inmersión digital donde estamos obligados a mantener nuestros trabajos con vida y donde nuestros hijos tienen que seguir aprendiendo, porque cada minuto cuenta para ello.

Hoy es el día 0.

Estamos afilando las herramientas. Probando las VPN, el Teams, el wifi. Haciendo un hueco estable, al menos por dos semanas, en nuestro escritorio y en nuestros corazones.

Esta es la gran oportunidad para ser otros.

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2020 es pura #Abundancia

Lo llaman la teoría de la abundancia. La economía lo hizo fatal, y se daría cuenta de eso una vez inaugurado el 2020, justo para encauzar su destino, porque se creía que había sido Adam Smith el que dijo que la carestía de un bien lo dotaba automáticamente de valor…y era, a fin de cuentas, una tontería.


Hasta aquel momento todo había funcionado así en su mente analítica y mecanizada, con esta máquina tonta del oro, del petróleo, hasta del amor, donde todo mantenía aquella obsesiva lógica de la escasez. Nacemos envidiando lo que no poseemos: por ello matamos, robamos, traicionamos. Vendemos nuestra alma, que se hace chiquita con los años, se desvanece y cuando nos queremos dar cuenta… nuestra vida se da por concluida. ¡Y todo por dinero!, por acumular, por ser lo que no se puede alcanzar, por joder al que tenemos más cerca y hacernos con sus posesiones. Por una yarda más de tierra en nuestro imperio.


Pero aquello era revolucionario: lo llamaban la teoría de la abundancia. Tan solo había que saber abrir los ojos y saber dar las gracias. Entender que la naturaleza lo ocupa todo. Que pasa un poco como con el agua, el sol y las montañas. Estuvieron allí y nosotros no representamos más que aquel pequeño devaneo.


La vida no es un mercado financiero, nadie liquida sus acciones con la contraparte que le pague menos, nadie atesora un bien con el evidente deseo de compartirlo generosamente.


¿O sí?


Cuando la vida es y se ve como pura abundancia…

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Cuento de Navidad #losfantasmasdeMrScrooge #laoportunidaddeserfeliz en #2020


“Si ese espíritu no lo hace en vida, será condenado a hacerlo tras la muerte” (Charles Dickens)

Como todos los años, mi hijo y yo hemos preparado un regalo de Navidad. Este año le hemos dado un par de vueltas a un famoso cuento de Charles Dickens: ¡espero qué os guste!

Bien mirado Mr. Scrooge no era tan mala persona como todos querían hacer ver. Vale, su fondo de inversión no era lo que podría llamarse una señorita de la caridad; aunque, como él dijera: «money, it is money, brother». Es dinero… tan solo es cuestión de dinero. Y si había que comprar una empresa, que era a lo que se dedicaba desde siempre, que fuera lo más barato posible. Porque la virtud era luego saber vender caro, se repetía una y otra vez, después de haber aplicado la preceptiva dosis de racionalización al negocio: odiaba la grasa, así él la llamaba, la gente ineficaz o vaga, aquellos que sobraban, que se habían quedado obsoletos, y por eso sus organizaciones eran… como él se veía a sí mismo, tan delgadas, tan enérgicas, un poco quizás como leones devorando las gacelas de la selva. Porque solo los más fuertes sobreviven, era su lema. Y es que estaba en el lado depredador de la existencia.


La vida le había tratado muy bien siguiendo esta práctica. Él se defendía con orgullo. ¿Y qué tenía de malo todo aquello?¿No salvaba accionistas o familias que de otras maneras lo habrían perdido todo?¿No era mejor recibir una alternativa de futuro al no tenerlo en absoluto? Aunque bien mirado le faltaba un elemento fundamental: no era el hecho, que era el corazón que no empleaba y de no usarlo, le era un objeto ajeno en el pecho.
Llovían las críticas y de esta manera contrató una colosal hueste de asesores custodiaban su imagen y reputación y le decían qué era lo debía decir, lo que debía hacer, rodearse de aquel activista, en fin, apoyar una causa u otra. Así su imagen era intachable, pero lo cierto era que nadie que fuese persona de bien o de corazón le consideraba. Aportaba mucho, a mucho dinero me refiero, pero no sabía realmente para qué, y en el camino tantos eran los aprovechados que malversaban estos caudales… y se reían, porque lo creían doblemente idiota. Por darlo, creyendo que con hacerlo sería suficiente para acallar la conciencia, y no de preocuparse de cuánto recibirían aquellos a los que iba dirigido en última instancia. Y era un buen hombre envuelto en un caramelo de sabor amargo.


Y aquella Noche de Navidad del 2020 todo fue rápido. Como siempre su jornada había sido maratoniana. Saliendo de la oficina, antes de llegar a la cena, se desvaneció. No recordaba nada. Su vida se hizo a negro. Se despertó en un hospital, en la sala de urgencias. Unos médicos le dijeron que debería pasar la noche, que aparentemente no era nada, pero que por su seguridad debía permanecer allí, en observación. Mr. Scrooge era un tipo con fortuna, pensaron aquellos médicos para sí. Aquella apoplejía hubiera sido mortal de necesidad. Le habían encontrado (aquel bedel cuyo nombre no intentó conocer nunca y que siempre le recibía con la mejor de sus sonrisas) a tiempo en el ascensor desvanecido y su ambulancia atravesó el congestionado tráfico de la ciudad como si estuviera tocada por mano dividida. Y en realidad nadie lo esperaba en casa. Aunque se casó y tuvo hijos, había decidido entregar su vida por completo a sus empresas. Estas eran su gran-único hijo. Su familia verdadera, la que le amaba y se desconsolaba, había decidido pasar la Nochebuena sin él, a su pesar.

Lo cierto fue que el empresario permaneció en aquella habitación custodiado por las máquinas que medían sus constante vitales. El trajín era constante. Aún en Nochebuena todos enfermamos, aunque Mr. Scrooge, pensaba, en realidad no se sentía tan mal. Quería levantarse lo antes posible para organizar un último encuentro, para hilvanar alguna estrategia para el año que se aproximaba. A su alrededor la gente entraba y salía. Y fue cuando se levantaba, impaciente, semidesnudo que una mano le detuvo. Giró la vista y a su alrededor vio una mujer, hermosa como la nieve, a la que creyó sería un médico, pero que le recordaba lejanamente a no sabía quién, y que con una mirada marmolea y fría, le ponía su mano en la boca y con una carpeta en la mano y señalando al monitor le decía:
―Antes de que amanezca habrás muerto… Mr. Scrooge… o serás un hombre diferente…
Mr. Srooge pensó que aquella broma no tenía gracia. Ella continuó hablando:
―Tu corazón ha muerto hace años. Tu cuerpo te porta, te lleva de un lado a otro, pero estás vacío. Recibirás tres visitas esta noche y tendrás que decidir. Estate atento… en esta última oportunidad.

Y se desvaneció entre un halo y un destello. Y bien mirado podría haber sido una alucinación porque en realidad la mujer se transformó en lo que debería ser desde siempre, el médico que le explicaba su situación:
―¿Recuerda cuál es su nombre, caballero?
Mr. Scrooge asintió; fue cuando Mr. Scrooge miró a su alrededor y comprendió. Con las prisas, la ambulancia había perdido su cartera y nadie conocía su identidad. Mr. Scrooge intentó articular una palabra, pero sintió lo débil que estaba.
―No se preocupe. Haremos todo lo posible por localizar a su familia. Hasta ese momento descanse. Está en buenas manos. Pasará la Nochebuena con nosotros.

Y se marchó y se quedó solo, bueno, en realidad rodeado por las decenas de personas que transitan en las urgencias. Es un espacio de paso, intenso y lento en las emociones a un mismo tiempo. Discurrió un tiempo indefinido cuando por entre las cortinas semiabiertas, se fijó en un niño, entraba en una silla de ruedas acompañado por su hermano y su padre. Llevaba un pie enyesado, pero sonreía. Su hermano le hacía cosquillas. Guiñó los ojos, y se sorprendió cuando vio, de repente, que ¡aquel niño no era sino él mismo!, aunque hacía mucho tiempo, demasiado tiempo. Una lágrima rodó por sus mejillas con aquella visión. Un enfermero entró en aquel momento. Era también joven, jovencísimo, envuelto en un intenso destello luminoso y con cierto olor a espliego, muy agradable. El olor de los campos que rodeaban a su casa.
―¿Recuerdas? ―el enfermero se le acercó y aspiró con fuerza.
Mr. Scrooge asintió. Mucho tiempo atrás y siendo niño se cayó, jugando con su hermano por aquellos campos. Fue un accidente leve, quizás hasta una pequeña herida de guerra. Aquella Nochebuena de hacía mil años la pasarían en urgencias. Eran unas Navidades sombrías. Lo cierto era que su madre había muerto hacía poco, el cáncer se había cebado con ella. Y aunque fue la primera Navidad con la familia rota, aquella precisa noche, la excusa del esguince les unió. Hasta ese momento había existido una pesadumbre infinita, un silencio… y entre aquellas paredes, el padre lloró por primera vez con sus hijos y se abrazaron. Y se prometieron que nada les separaría.

Entonces Mr. Scrooge se dio cuenta del tiempo que había pasado sin acordarse de todos ellos, de su madre, de su padre y finalmente hasta de su hermano. Ahora que sus padres faltaban hacía tanto tiempo que no perdía una tarde con su hermano, que no compartía su vida con él, que no sabía nada de sus alegrías o de sus dificultades, y se sentía muy triste. Y en realidad, no sabía que había pasado en aquel tiempo para crearse aquel muro, sencillamente había permitido que la riada de la vida se llevará todo y por delante su amor.
Aquella había sido la primera visita, el fantasma de las Navidades Pasadas, dulces y tristes, las Navidades de lo perdido, cuando éramos inocentes.
Lloró amargamente mientras aquel enfermero le besaba levemente la frente y desaparecía. Finalmente se quedó adormilado.

No sabía cuánto tiempo había transcurrido cuando comenzó a pitar ruidosamente el monitor de su cama. Algo debía pasar al corazón enfermo de Mr. Scrooge. Apareció el mismo enfermero de antes, al menos así le parecía, aunque esta vez envuelto en un color de tez más grisáceo y menos deslumbrante, con ciertas ojeras; parecía más mayor y preocupado. Le dijo a Mr. Scrooge:
―¿Va todo bien, señor?
Mr. Scrooge sonrió forzadamente y suspiró. Fue entonces cuando un grupo de personas entraron presurosas en el box, como si no le vieran y se colocaron a su lado. Eran varios enfermeros y doctores. Entraban con una camilla con gran ímpetu y portaban un cuerpo de un chaval sobre ella y daban órdenes urgentes, intensas, desafiantes. El grupo de personas rodearon al cuerpo y mientras unos trataban de acceder a su torax, otros preparaban un objeto que parecía ser un desfibrilador. Entonces, fue cuando miró detrás de ellos, y al fondo, tras las cortinas, vio… a su mujer, ¡a su mujer!, postrada en una silla y envuelta en un mar de lágrimas, abrazando a su otro hijo, el menor.

Supo que delante de sí tenía al cruel fantasma de las Navidades Presentes. No necesitaba saber el final de aquella historia. Aquel era el peor de los castigos, el peor de los infiernos. El enfermero se le aproximó y apagó el monitor, porque su corazón daba tumbos y el sonido de la máquina era ensordecedor. Le repitió la pregunta son sorna:
―¿Puedo ayudarle, señor?¿Se encuentra bien?
Mr. Scrooge intentó levantarse, más no tenía fuerzas. Su mujer no le había sabido perdonar que aquella tarde de hacia hacía algunos meses Mr. Scrooge no fuera a recoger a su hijo, que no le reconviniera para que no cogiera el coche aquella noche y que no bebiera. No era un tema de dinero, no era un tema de darles lo que ellos quisieran, su mujer le había repetido hasta la saciedad… ¡te necesitan a ti! ¡a ti! Le dijo finalmente ella que no quería saber nada más de él y que le odiaba. Era mentira, pero en aquellos momentos la mujer vivía con el corazón destrozado.


Él ahora no podía parar de pensar y se torturaba: ¿Y si hubiera estado aquel día… podría haber evitado su muerte?¿Podría haberle explicado que aquello que hacía podría tener tan fatales consecuencias?
Del pobre hombre se escapó un pequeño grito atragantado… ¡hijo!… cuando el equipo médico dio por finalizada la maniobra de reanimación y fijó la fecha al fallecimiento. Cubrieron su rostro y las figuras se fueron difuminando hasta desaparecer. No pudo ver más a su hijo, ni siquiera en el día de su muerte, él llego tarde, siempre era lo mismo. El enfermero se marchaba, mientras le decía con pesadumbre a Mr. Scrooge:
―Un hijo debiera poder ver morir a su padre, pero nunca al revés.

Se hizo el silencio. Quizás, en lo más profundo de la noche, cuando ya nadie pasee por las calles, cuando la ciudad duerma, quizás solo entonces… en los hospitales y en sus salas de urgencias se haga un momento de paz. Es una paz absurda, una paz oscura, una paz de presagio…

Entonces, fue que la cortina se abrió de par en par con violencia contenida. Unos hombres taparon a Mr. Scrooge con una sábana. Él no comprendía, misteriosamente no podía moverse, parecía como si un poder sobrenatural lo hubiera congelado, lo mantuviera bloqueado en sus articulaciones.
Salieron fuera del box y los hombres trasladaron a Mr. Scooge en la camilla, cubierto por la sábana, y vio pasar tras de sí todas las salas del hospital, hasta llegar a los pisos inferiores… los pisos de la morgue.

Unos hombres le desnudaron y uno comenzó a examinarlo. Repasaron su cuerpo, y comenzaron a embalsamarlo. Mr. Scrooge intentó gritar:
―¡Dejadme!¡No estoy muerto!
Pero nadie le escuchaba. Entonces se fijó en uno de ellos, precisamente era el enfermero de las otras veces anteriores, aunque ahora mucho más mayor, viejo, su cara arrugada y la boca parcialmente desdentada.
Los hombres le auparon y comentaban:
―¿Cómo se llamaba el tipo?
―No lo sabemos, llegó ayer por la noche… falleció de otro ataque. Esperaremos a que alguien lo reclame y sino… ya sabes… el procedimiento del crematorio…
Mr. Scoogre intentaba gritar, intentaba articular palabra, pero aquel terrible agarrotamiento le impedía moverse. Lo metieron en una cámara frigorífica con un desagradable olor a muerte.

Dentro el frío era espantoso… y el silencio… ¡aquel silencio! Mr. Scrooge comenzó a tener visiones pavorosas. Visiones horribles donde veía a su mujer y a su hijo celebrando la que sería la próxima Navidad, los dos solos, y una silla, la de su hijo muerto, y a su lado la otra, su silla, ¡vacía!, y ambos cenando en un dramático silencio. Luego se le aparecieron la figura de los que creía hasta entonces sus hombres de confianza…aquellos que le aconsejaban y que ahora cenarían la próxima Nochebuena entre grandes risotadas de desprecio…y escuchó lo que dirían a sus espaldas, escuchó a sus asesores burlarse por la muerte tan ruin que tuvo, escuchó que su dinero había sido mal utilizado en vida y que ellos darían buena cuenta de él, y vio entre brumas a los carroñeros que tanto odiaba apropiándose de sus empresas; y de cómo lo llamaban avaro, mientras se llenaban las manos con la grasa de la comida, los mismos a los que pagó generosamente porque le explicaban que era lo mejor para granjearse una imagen… para pagar el postureo y ya está. Y vio su dinero arrojado al fondo de las vanidades humanas, y vio a su familia que en una Navidad próxima se olvidaría de él, igual que antes él mismo se olvidó de sus padres y su hermano… y sus empresas, que serían descuartizadas como convite de la próxima Nochebuena …y de cómo su dinero finalmente era un simple registro, un número que pasaba de una mano a otro; y de que Mr. Scrooge no significaba nada; Entonces comprendió lo que le faltaba… que no era dinero… era un corazón que latiera… un corazón que sintiera y que valorase a las pocas personas que de seguro aún lo estimaban. Aquellas que quizás aún lo esperasen aquella noche despiertos, preocupados por su ausencia… si era verdad que todo aquello era una simple pesadilla.

Al cabo de un tiempo infinito, podrían ser minutos, horas o tal vez días, la puerta del congelador se abrió; finalmente, lo sacaron, y mientras tiritaba, lo terminaron de despojar de la sábana que cubría su cuerpo y que ocultaba la cara. Uno miró la etiqueta y leyó:
―Aquí pone que su nombre es no conocido. La muerte y las cenizas no conocen de identidades.
Lo dijo de una manera tan lúgubre que no tardó en darse cuenta Mr. Scrooge de su destino: lo llevaban al crematorio.
―¡Estoy vivo!¡Estoy vivo! ―lloriqueaba para sus adentros.
Pero nada se movía en su cuerpo que se mantenía inánime, ni sus labios, ni su pecho.

Poco a poco cruzaron nuevas puertas del hospital. Llegaron a otra sala, esta vez gris con un retrato de un Cristo crucificado y símbolos de otras religiones. Un sacerdote se cruzó en el camino y leyó una breve frase: «pulvis es et pulverum revertis»
Mr. Scrooge las repitió para sí: polvo eres y en polvo te convertirás… y terminó gritando, mientras le introducían en el horno…
―¡Piedad!¡Piedad!

Antes de cerrarse la puerta, con las llamas al fondo y su aliento horrible, una cara se le acercó, era el enfermero de las otras dos ocasiones, aunque ahora había envejecido aún más… era el horrible rostro de la muerte… y se le veía la carne apelmazada y derritiéndose… y trozos de pelo cayéndose y la calavera asomando… y fue que le dijo con una sonrisa socarrona:
―Antes de que amanezca, como ves, también reciste la visita del fantasma de las Navidades Futuras
Y las llamas lo rodearon y le recibieron. Le devoraron.


…………………………………………….


Si piensas que Mr. Scrooge se salvó, que despertó de aquella horrible pesadilla… y a la mañana siguiente se transformó en una gran persona…siento decepcionarte. Aquel ricachón sin corazón murió de un último ataque en el box de urgencias, y su identidad, al estar accidentalmente perdida, causó que su cuerpo fuese entregado al horno crematorio. Cuando se dieron cuenta había sido todo demasiado tarde: la viuda y el hijo menor recibieron a los pocos días una hornacina con cenizas. No se supo más de Mr. Scrooge.


Hoy, día de Navidad, al levantarte procura leer este cuento. O puede que sea mañana cuando leas mi relato, o tal vez lo leíste ayer a las puertas de la Nochebuena, da lo mismo. Seguramente seas como yo, y como la mayoría de la gente que nos rodea, un tipo común. La vida puede darte segundas oportunidades… o tal vez no. De nosotros depende saber aprovecharlas.
Por eso es mejor que te pongas en marcha y desde ahora mismo escribas esta carta de queja al diablo. Una carta que diga algo así:

«Estimado señor,


Tuvo por castigo llevarse a Mr. Scrooge. Cosa que no pongo en duda, se lo temía merecido por ruin y desagradecido. Sin embargo, ruego nos lo devuelva, o al menos nos preste su alma por un ratito, porque una persona tan valiosa en capacidades bien tiene que trabajar necesariamente por el bien de la humanidad.
Ya sé que a Vd. le trae el pairo esto de la buena voluntad humana y que no podemos ofrecer nada por el alma de este desgraciado… pero piense que su regalo nos creará una deuda de gratitud y que también Vd. tendrá una excusa para celebrar la venida del Señor.
Y como dijo alguien: Si ese espíritu no lo hace en vida, será condenado a hacerlo tras la muerte.


Firmado: un tipo común.»


Y vas, y la arrojas al río porque todas las misivas al diablo terminan allí y siempre llegan a buen puerto.


Y mientras sucede esto, haz con tu vida algo útil: haz funcionar tu corazón y rodéate de las personas que te necesitan y que te esperan todos los días del año.


…………………………………………….

Aquella mañana de Navidad, eso sí, otro tipo anónimo salió del hospital, quizás fruto de una situación un tanto absurda y alocada que sucedió en la morgue: los muertos resucitaron. ¡En serio! Hubo revuelo, los doctores no supieron dar crédito al milagro y todos se arrepintieron un poco de los cadáveres que acababan de ser incinerados… ¿por qué quién dice que también podrían haberse despertado del sueño de la muerte y regresar? Este hombre sí que tuvo suerte, decían, pues a la entrada de la cámara, a punto de ser devorado por las llamas, despertó; concretamente había sufrido un ataque en urgencias, que fue lo que le mató, y vestía extrañamente un traje muy caro; con la confusión no pudieron identificarle y le dieron aquella mañana un alta precipitada y el hombre vagó perdido por entre las calles de la ciudad, a punto de helarse, como mirando el firmamento sin estrellas de la mañana. Finalmente llegó a un enorme edificio y un bedel le vio, pareció reconocerlo como procedente de un remoto pasado… y asustado le entregó un abrigo.


―¿Señor, está bien?
Aquel hombre se abrazó al bedel, estuvo llorando y babeando por un rato. Luego le miró, y le dijo al bedel:
―¿Cómo te llamas?
―José ―le contestó el bedel.
―José, ¿tienes familia?
―Sí señor, ayer mismito nació mi primogénito, al otro lado del océano, en México.
―Pues tendremos que ir a verlo ahora mismo.
Y el bedel puso cara triste. Pero el hombre posó un dedo en su boca.
―¿Señor? ―interrogó el bedel.
Entonces aquel hombre sonrió al bedel y echo mano a los bolsillos y rebuscó hasta encontrar algo que le enseñó.
―Vamos, que quiero conocer a tu hijo; luego tendré que hacer muchas cosas en el poco tiempo que me quede por aquí.

¡FELIZ NAVIDAD!

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¡Oh! corazón, corazón #DiceCordelia

Por mi desdicha no sé asomar mi corazón a la boca. (Cordelia en “el Rey Lear” de William Shakespeare)

¡Oh! corazón, corazón,
arrancado, ungido, trasteado, zaherido
vomitado, remendado por los tiempos;

Dijiste que estarías pero te fuiste
y me dejaste hueco
la sal que mantiene a raya a los zombis;

¡Oh! corazón, corazón
en el frío de mi niñez te hice espacio

corazón de corteza, de huracán domesticado
de león enfermo
a veces te dibujo con el dedo índice
ese mismo dedo que señala al firmamento
esa misma runa indescifrable que solemos olvidar por las aceras;

¡Oh! corazón, corazón,
abstruso, hosco, rancio, torvo
yérguete de tu inanición
o revienta

yérguete
porque reclamo un tiempo urgente,
reclamo tu llegada
no me importa que seas una puta Blitzkrieg
esa misma que se conoce por la venganza de la corneja;

revienta
porque no me importa
ni tan si quiera que seas
otro perro ardid
pero que seas,
corazón

uno que redima al turgente, confuso
miserable, enloquecido-torpe
viejo corazón
del rey Lear.

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