Yo encontré la horma de mi #destino

Yo encontré la horma a mi destino en un lugar más que imprevisible: un cementerio. No se confundan, no soy para nada un necrófilo, un tañedor de lamentos que disfruta dejando notitas escritas en las lápidas o un torpe descentrado que quiera ver en estos lugares algo más allá que el postrero lugar para el descanso de las almas. Y simplemente asistía al sepelio de mi mejor amigo. La muerte es triste, mucho más cuando se deja viuda y chicuelos jóvenes. Más, si ha querido venir sin otro previo aviso. Fue mi amigo un alma hermosa, fuerte como lo son los robles que se retuercen y pugnan al viento su lugar y su momento en la tierra. Fue mi amigo de esta guisa, un gran hombre bien plantado en su sitio, uno con agallas, que vivía con emoción y no le quitaban la sonrisa de la cara. Uno de los que triunfaban y causaban envidia sana y también las otras, las que te prodigan los enemigos.
¿Por qué le eligió la muerte a él? Yo hubiera sido un mejor candidato, de pensamientos apagados, si bien brillante en mis ideas, incapaz de darlas a valer. Nunca había sabido dejar huella. No porque no quisiera, que mil veces lo había intentado… pero casi nada había conseguido… salvo autocompadecerme y malgastar mi talento en aventuras que no me correspondían.
Pues yo encontré la horma a mi destino aquella tarde de abril, una tarde lánguida, cuando las sombras se entretejían y señalaban a los cipreses, y la gente se acurrucaba y se apretaba como queriendo conjurar aquel hoyo del difunto; su mujer sostenida por hermanos y sobrinos, y dos niños con sus caras hundidas sobre la falda negra.
-No hay consuelo posible-, pensaba. Podría el cura balbucir quimeras, podría argumentar o desargumentar sobre el misterio de aquella marcha. Que si la enfermedad no hace distingos, que si no somos nada. -Excusas-, me decía.
Solo casi al final, cuando la noche se nos echaba encima y abandonábamos el cementerio, y la viuda se había quedado un poco retrasada, recostada contra un murillo, llorando junto a los hijos y protegida, como si esto pudiera servirla para algo, por el mar de brazos de la familia, solo entonces, solo, comprendí como un fogonazo:
«Era lo dado y era lo justo. Mi amigo gozó y fue feliz. Escribió su historia hasta colmar su último aliento. Llorar, le lloraríamos con rabia, y estaría en nuestros recuerdos de manera perenne. Pero él había cumplido su cometido y los que permanecíamos en esta vida no teníamos otra misión sino ajustar las cuentas con nuestros respectivos destinos. Cuando llegase mi turno, quién sabe si para entonces me llorarían, pero lo más importante sería saber que si al irme, entre dolores, entre gritos, o quizás entre silencios amorosos, sería consciente de que habría hecho todo lo posible para redimir TODOS mis sueños. »

Escultura de Cipriano Folgueras. La Carriona. Avilés.

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La Navidad de George Bailey #FelizNavidad2020

Música: Arturo Diez 
Finalmente la vida no es ganar ni perder… sino saber vivirla…

Solo cuando George Bailey estaba a punto de arrojarse al río para dejarse arrastrar y morir entre sus gélidas aguas, su ángel se le apareció y se lanzó a la corriente por él; era aún un ángel de segunda clase, es decir, uno de esos sin alas, y poco pudo hacer más que improvisar aquel salto al vacío para evitar la catástrofe y que George acabara así con su vida.

Sin plan preciso aquel ángel tenía clara su misión: recuperar el alma del soñador, de aquel gran hombre, este George Bailey, buena persona sin paliativos y en mayúsculas, y que sin embargo ahora la suerte de su destino le buscaba poner a prueba. Había dedicado su vida a su familia y a su trabajo, y aquel año tan cruel le estaba arruinando todo. Por quien luchó, por todo lo que amó, ¡todo! se había esfumado o estaba desmoronándose en la UCI del hospital. George Bailey contempló al gordinflón asustado, al angelote en el río, pataleando e intentando simular con descaro algún rudimento lamentable de natación para llamar su atención. Y fuese que esto conmoviera a George y le distrajera del trance que le congelaba las entrañas y le hiciera olvidar el dolor que sentía; fuese que aquel brinco del ángel le descolocó e invocara su enorme humanidad siempre dispuesta a ayudar; y fuese que George apartó de su lado el terrible acto que pensaba cometer consigo mismo segundos antes… que decidiera lanzarse al río sin pensarlo y así atravesar aquellos veinte metros de luz del puente con el mejor ejercicio de técnica que supo, y llegar a tiempo para arrancar al ángel de entre las aguas.

Ya en tierra, ambos tiritaban y se frotaban el uno al otro para no quedar aturdidos.
―¿Es…tá usted lo…co?¿Qué ha su…cedido? ―preguntó George aun castañeteando mientras miraba a su alrededor queriendo encontrar ayuda.
El ángel se reía. No de burla, pues eran puros nervios por su inexperiencia, era la primera vez que salvaba un alma en peligro y temblaba de la emoción contenida al haber logrado este propósito.
Y George Bailey se levantó calado hasta los tuétanos, apretando los dientes, y sentía que la rabia le renacía con aquellos pesares que le habían llevado hasta el puente. Mientras, balbuceaba y decía con enfado:
―¿Cómo se le ocurre hacer esto?¡Y en Nochebuena!¿No le espera nadie para cenar!
El ángel hizo un gesto para que George le ayudara a levantarse. Solo entonces George se sorprendió al ver a un hombre tan particular, barbas infinitamente largas y mal arregladas, con aquella ropa que más parecía una sarta de harapos, una especie de mortaja mugrienta. Al darse cuenta el ángel soltó una sonora carcajada y se disculpó así:
―Los ángeles sin alas vestimos con esta facha, lo siento. Cosas de la muerte. Así me enterraron, tenían prisa. Quisiera cuando las gane, quiero decir, mis alas, tener uno de esos trajecitos de brillantina, uno de esos blancos. Algo tipo pop o tipo trap, yo creo que le llaman así en esta época, uno de gala que le sentará bien a mi tipín. ―y lo decía mientras apretaba su generosa barrigota y se palmoteaba.
George hizo como que no le escuchase y buscó su móvil, pero se dio cuenta que lo había perdido.
El ángel continuó y rebuscó palabras de consuelo:
George Bailey, este ha sido un mal año para ti. Muchos se han ido. Nada será como antes. Tenemos esas heridas y otras más que vendrán ―y engoló la voz para dar impacto a su discurso―. Quiero que sepas que he venido a ayudarte.
George al escuchar comenzó a alejarse de aquel hombre tan particular y para ello sacudía su cabeza, seguramente negando, quizás también, pensando que el frío y la angustia le estuvieran volviendo majareta.
―George Bailey, no estás loco… te lo aseguro.

George salió corriendo y tras él, el ángel. Llegó al parque, alcanzó el parking y rebuscó en su abrigo. Vio su coche, lo había dejado bien aparcado, había pensado que nunca más volvería allí. Abrió la puerta, entró dentro, arrancó el motor y dejó que la calefacción actuase. Con la vista clavada en el fondo del parking repasó la lista de catástrofes y los rostros de los que faltaban en su vida. Era Nochebuena, pero… ¿qué importaba ya? Bien podría ser martes o cualquier otro día… su vida detenida… acaso él valiera nada más que para pagar su mar de deudas y dejar saldada la hipoteca de la casa… y se dejó llevar por un mar de lágrimas… ácidas y corrosivas… hasta que sintió que en el asiento trasero unos ojillos le observaban. Eran los de su ángel que le habían seguido hasta allí.
―George Bailey…
El ángel, bien mirado, también sabía de lo que se hablaba. Hubo de soportar una Gran Guerra y después una gripe que hizo estragos y que finalmente le mató. Los que entregaron a sus hijos al fuego de los cañones de la guerra y luego los que la sobrevivieron, los que marcharon otra vez al frente y se salvaron pero que hubieron de enterrar luego a sus seres queridos cuando la maldita enfermedad hizo el resto. Aquel ángel fue uno de ellos. Uno de los caídos.
―George Bailey… sé lo que te pasa por la cabeza.
El ángel no era de peroratas ni de sermones. Fue siempre un granjero práctico que miraba al cielo y rezaba por su familia. Y tenía claras sus instrucciones, salvar a George Bailey, al hombre casado, buen padre, buen hijo, gran soporte para la comunidad en la que aportaba su mejor talento con su pequeña empresa. Porque almas como aquellas serían necesarias para el nuevo renacer.
―Valgo más muerto que vivo ―lloriqueaba George―. Quisiera no haber nacido.

El ángel suspiró. Tantas veces había sentido aquello en vida. ¡Tantas otras habían sido sus esfuerzos tan vanos y fútiles como el florecer de cualquiera de sus almendros en febrero, ese que no trajo después cosecha alguna! Pero tenía una idea y le dijo a George:
―Vale, tienes razón, hagámoslo. Hagamos que no hayas nacido, y demos una vuelta para ver que habría sucedido entonces.

Hubo un silencio. Dicen que cuando los hay es porque un ángel pasa a nuestro lado, aunque en esta ocasión se oyeron muy lejos unas campanadas y luego el silencio continuó retumbando por un rato indefinido. George cerró los ojos de puro abatimiento y cuando los abrió el día amanecía y la luz despuntaba al día de Navidad de 2020.
Arrancó instintivamente y se puso a circular muy lentamente con su vehículo, confuso todavía. El ángel había marchado, y la cencellada se desparramaba por la ciudad. La niebla lo envolvía todo. Lo primero que hizo fue dirigirse al área del Hospital Universitario. Pero la ciudad era muy diferente, mucho más pequeña, mal asfaltada, las aceras parcialmente construidas y las casas bien diferentes a las que él había conocido hacía horas antes, ahora más feas y maltratadas. Pero cuando llegó al hospital… fue su sorpresa mayor… pues allí no había nada. Salió fuera del coche, preguntó a un tipo que le miró sorprendido, no comprendía la pregunta. Lo más parecido que tenían era un denominado Centro de Emergencia donde se hacinaban los enfermos. Le dio indicaciones para llegar.
George llegó y encontró un espectáculo horrible. La gente esperaba sin orden y dentro había camas y camas repletas de enfermos. No había apenas médicos y los que había no portaban ningún equipamiento de protección y carecían de medios. Nadie hacía caso de nadie. Al rato por fin encontró a su madre, arramblada en una esquina, sin ningún tipo de soporte vital y sola, él la había dejado en la UCI la noche anterior… pero aquello era mil veces peor de lo que habría esperado. Un enfermero le explicó que no se podría hacer mucho más por los enfermos de aquella área, carecían de alternativas, de cualquier medicina…tan solo podrían sedarles. Pero como aquella mujer ni siquiera era su madre, pues George no había nacido en esta nueva realidad, cuando quiso acercarse para consolarla no se lo impidieron y le empujaron fuera entre gritos desesperados:
―¡Mamá!

Casi a punto de desmayarse unos brazos le recogieron, eran los de su ángel, que lo supo llevar al coche casi a rastras. George le dio indicaciones para que fueran a su casa familiar, quería ver con rapidez a su mujer a sus hijos.
―Ayer me enfadé con ellos. No hacen más que molestarme…
―Son pequeños, y ellos y tu mujer te necesitan… ―respondió el ángel lo más dulce que pudo.
El ángel como buen ángel pronto se hizo con el volante y guiado por un instinto mágico e inexplicable supo guiar a George a la que hubo sido hasta el día anterior su casa familiar. George la reconoció malamente porque era aún el viejo caserón familiar que heredó su mujer y que habían prácticamente reconstruido cuando se fueron a vivir. Allí estaba, tal cual debía había ser sido en sus orígenes o mucho peor, pues el tiempo de su no-existencia lo había deteriorado impíamente, sin ningún tipo de renovación o mejora. George atravesó un pequeño jardín reseco con restos de bolsas y otros desperdicios y llamó al timbre. Siendo la hora que era de la mañana tardó en aparecer una mujer, ¡su esposa!, que se asomó por la ventana, con bastante mal aspecto. Lo gritaba para que se fuera y no le reconocía.
―¿Qué la ha pasado? ―se giró George con la cara desencajada para preguntar al ángel.
―Creo que nunca se casó, o si lo hizo creo que no debió durar la pareja o quizás el amor se agotase pronto. Tuvo hijos, aunque ellos no quieren vivir más con ella. No es que sea mala madre. Sucede que no ha tenido a la persona correcta… cerca. Eso está terminando con sus últimas esperanzas.

La ventana se cerró y George se quedó mirando la casa derrengada esperando que algo cambiase. No sucedió nada. Sintió la mano del ángel barrigón que le empujaba al coche, pues aún tenían otra parada en su extraño viaje de Navidad.
Condujeron por autopistas mal equipadas. Todo el mundo era mucho más pobre. No podría ser la enfermedad responsable de todo aquello. Cuando llegaron al polígono industrial aún quedaba gente en sus puestos y algunas luces iluminaban los rótulos. En Navidad no se trabajaba… pero se sorprendió por el trasiego.
―¿No paran la fábricas hoy?¡Yo nunca lo hubiera permitido!
Respondió el ángel:
―No te equivoques, los tiempos ahora son distintos en esta otra realidad en la que no existes. No es solo tú negocio, a todos les pasa lo mismo. Se cierne también una grave crisis… pero ahora es mucho peor… no es solo la enfermedad lo que mata, es el hambre y la falta de recursos para enfrentarse. Muchos no tenían trabajo y ahora el resto se quedan sin él… las ayudas llegan tarde y…
―¿Pero no tienen planes?¿No van a hacer nada? ―preguntó George Bailey.
George, tú les faltas. Y otros tantos como tú también se sienten débiles y tomaron decisiones parecidas como la que has tomado tú anoche y decidieron saltar del barco de la responsabilidad y de seguro que han dicho a sus respectivos ángeles salvadores que no quieren haber nacido. Todos ellos faltan, no están y su obra no ha existido. Tanta gente necesaria que no hay tendrá de seguro sus consecuencias…¿no te parece a ti?

George salió del coche atormentado. Dio un porrazo a la puerta. En ángel se atusó la barba, esperaba que aquello no se le fuera de las manos. Se recompuso la mortaja y acompañó a George hasta llegar a sus oficinas.
La empresa de George estaba en condiciones deplorables. Fea, sucia, para nada era la bonita empresa de innovación y negocios digitales, la niña mimada de las aspiraciones de George… era un chiringuito ridículo. Quizás ni tan siquiera se dedicase a lo mismo… o al menos había cartelones con productos que llamaron a George la atención por su abandono y falta de atractivo. Subió las escaleras y llegó a la gran sala de reuniones, y al fondo, su despacho. Se abrió justamente en aquel momento y apareció que hubiera sido su socio y su amigo, aunque evidentemente tampoco le reconoció.
―¿Cómo ha entrado aquí?¿Quién es usted?¿Qué quiere?
Estaba mucho más viejo y desaliñado. No era la enfermedad, que seguro también se cebase en su familia, era que… sin George, aquel sueño que habían tenido de jóvenes… ya no había existido y aquello no era sino un mal trance, una vida sin sentido y mal representada. Juntos, en equipo, eran invencibles, pero él solo… aquel proyecto no conducía a ningún lugar… sus ideas solas no habían tenido éxito alguno.
Salió corriendo, el ángel se disculpó levemente del que debiera haber sido su socio y persiguió a George escaleras abajo. Se escuchó un golpe sordo. Al alcanzarle, la sangre del ángel se le heló y un grito se escapó de su garganta. George había resbalado en su huida, había caído y había rodado. Su cuerpo yacía inerme justo a sus pies.

Dicen que cada Navidad debiera ser un punto y aparte en nuestros enfrentamientos. Una oportunidad para salir del río de la incomprensión y de los conflictos que nos acechan. Cueste lo que cueste.
Aquella Navidad del 2020 fue realmente especial porque nuestro angelote gordinflón, aquella alma que vagaba buscando sus alas, amortajado y enterrado en cualquier fosa común, muerto por la gripe española hacía cosa de un siglo, encontró finalmente la misión que habría de valerle su gran premio y deseo.

Cuando George despertó lo hizo en una cama de hospital. Su mujer le sonrió al verle abrir los ojos (no se había separado ni un instante de él) y pronto vinieron sus hijos y le besaron. Lamentaba tanto haberles reñido y haber sido tan gruñón con todos ellos. Le reconfortó enormemente sentir su abrazo, se lo quería decir y ellos le tapaban los labios y le explicaban que no pasaba nada, que se habían cargo de sus preocupaciones. A George le dolía terriblemente la cabeza. La tenía vendada, le dijeron que la fractura no parecía preocupante, que se había caído de las escaleras de su oficina. Uno no puede quedarse hasta tan tarde en Nochebuena. Su socio le había encontrado sin sentido. Si no se hubiera preocupado le habrían hallado muerto y desangrado el día de Navidad. En el hospital había pasado un par de días en un extraño trance, gimoteando sin parar y como hablando con alguien más. El despertar era el mejor síntoma, todo iría bien. Eso sí, debería tener reposo, aunque le dijeron que podría volver a casa antes de fin de año.
Por la ventana de la habitación pudo reconocer la misma ciudad de siempre, activa y vital, ocupada en resolver su tránsito y superar la pandemia. Como si no hubiera cambiado nada.

Por la tarde apareció el socio, en realidad su mejor amigo. Venía acompañado de uno de los trabajadores. Habían llegado en la empresa a un importante pacto. Todos se apretarían el cinturón y sacarían adelante los proyectos y buscarían otros nuevos. Pero nada se cerraría, nadie perdería su empleo, aquella pandemia y la crisis no podrían con ellos. Porque hasta ese momento George había acompañado a todos ellos y se había sacrificado, conocía a cada una de sus familias y sus necesidades, había sido comprensivo y respetuoso con sus todos problemas. Y el mejor regalo de aquella Navidad sería permanecer juntos. De esta manera llegaría tiempos mejores.

George se quedó solo la habitación. Pasaron las horas, y con el final de la tarde vino la penumbra. Seguía confuso, seguía sin saber si era Navidad o el día posterior a ella, y sentía un dolor no ya físico, sino emocional.
Fue entonces cuando aquel hombre, el angelote que lo había acompañado se materializó a su lado. No llevaba el sudario sino un deslumbrante y hortera traje de lentejuelas que brillaba sobremanera. De su espalda sobresalían unas hermosas alas, alas de ángel redentor de primera clase, y las batía al compás de un ridículo paso de baile. El angelote se apretó la barriga, hizo un giro para mostrar su atuendo al completo y se acercó a George para decirle al oído:
―Bueno, amigo. ¿Qué te parece?
George asintió y sonrió. Fue una tímida sonrisa, pero lo fue sin duda, y respiro hondo pues hacía tiempo que no sentía aquella paz en su interior.
―Se me olvidaba. Al salir del río, cuando me salvaste, encontré esto. Es tuyo… toma.
Y el ángel le entregó su móvil. E hizo un leve gesto de despedida mientras comenzaba a desvanecerse.


George ya tenía su móvil entre las manos. Y parecía que aún funcionaba. De repente la pantalla se iluminó, le entraba una llamada, y ponía «mamá». George descolgó y detrás escuchó la voz de la enfermera de la UCI. No querían que se preocupase, porque… ella también había despertado aquella misma mañana. Los milagros son así, hay veces que se dan a pares. Es maravilloso. Luego escuchó la vocecita de ella, y aunque cansada y un tanto apagada, todos esperaban se recuperase pronto.


La vida es esto. No hay batallas que se ganan o se pierden por completo y es nuestro deber estar al cañón, hacerlas nuestras día a día. Porque los demás nos necesitan… no podemos fallarnos los unos a los otros.
George Bailey aprendió que la Navidad puede llegar todos los días si pensamos así. Tan solo tendría que seguir siendo lo que había sido hasta entonces: una buena persona.


Este fue su regalo y éste espero que lo sea de todos vosotros al compartirlo.


¡Feliz Navidad a todos, amigos!

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Lo nunca dicho #lovepandemia #lascigüeñasemigran

Cigüeña rumbo a África

Alguna vez te quise decir

-y no pude-

que los caminos son largos para el amor

cuando no llega.

 

Es la semilla del mundo.

La hilera infinita de hormigas trepadoras de rosales,

esa luz que busco y no encuentro.

 

Cuando lleguen los tiempos del gallo

ese que cacarea

el que escupe

el que se mofa de la paloma arrepentida:

Allí estaré yo para zaherirle.

 

Soy la cigüeña con la pata herida

aquella que emigraba a África

buscando cobijo,

la que vomitaba de madrugada y se clavaba agujas

en las patitas.

Aquella que cruzaba el estrecho con el corazón

fijo y congelado por las luces del

Norte.

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LOVE-PANDEMIA

I

Separados por el dolor
por la distancia
tan corta
tan larga

dijiste que volverías a verme
cada noche

hasta que tuviera fuerzas de volar solo.

Separados por un silencio
tan breve
tan opaco
te aposentabas en mis sueños

y los desmoronabas dulcemente
para reconstruirme.

II

Hay un cartelón de mi corazón que pone:
«se troca tristeza».

Será la lluvia de minerales que nacen por los ojos…
pero
veo tu luz
que asemeja el hilo incandescente…

III

Love-Pandemia, corren tiempos de duelos, lo dicen así.
¿No?
Hoy me separé de ti y descabalgo el reloj para que
regreses a casa.

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Resurgimiento #hoycumplo47

Tengo la oportunidad de seguir golpeando la madera del porvenir

y que resuene

otro año más,

asida la espada,

descansando en el árbol desmochado

tras cada envite;

 

Tengo la pasión de descorrer este destino

dominarlo fuerte,

porque aquello que no brote de sus palabras

se lo comerán los muertos.

 

La luz viaja en sentido recto

la persigo y hago de los sueños una final encrucijada:

seré débil / parcial o diminuto

y muchas veces me sentirán torpe, harto vacío y confuso.

Pero yo soy así.

 

Hoy sé que no podrán explicarme

cómo sobrevivir al desastre,

si desnacer de las cenizas

si desaprenderme en otro distinto;

Es el tiempo que bruñe-oscurece

El tiempo mismo sobre el que avanzo decidido.

Leerán:

«Me arrojé a cruzar el río

bebí sus aguas ponzoñosas

y de los tropiezos

ahogué mi cuerpo y elevé el alma».

 

Tengo la oportunidad de lanzarme al abismo de la vida

con la espada que quiebre las tinieblas

aquella misma arrancada de las piedras

aquella de la que brote

un manantial intacto

de resurgimiento.

¡Resurgimiento!
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Si te caes siete veces, levántate ocho #COVID19 #Día14

El sol lucirá y serán momentos de grandes ideas 

Día 14. Ayer por la noche tenía una de mis clases con alumnos de Latinoamérica. Hice la pregunta y la mayoría estaban ya confinados. De esa manera he comprendido el vínculo global de la tragedia: el miedo. Sin darme cuenta conocí de primera mano la parálisis global pero como también, aquellos, los que vivimos en la nube (en mi propio caso tomadlo casi como autocrítica), caemos de tiempo en tiempo en el barro para mancharnos.

Dicen que la curva en Madrid está próxima a alcanzar su pico. Pero, joder, esos números son muertos. Tenemos imágenes poderosas, como el IFEMA, el Rey inaugurando el recinto, los militares cuadrándose y estrechando su mano. Con muchos los que hablo dicen vivir en una irrealidad particularmente extraña. Todos con pavor a escuchar toses, a tener febrícula, a levantarse una mañana habiendo perdido el sentido del olfato. En el peor de los casos a recibir una llamada de sus padres… que han sido ingresados. También hoy analizo (por temas laborales míos) las posibles oportunidades que saldrán de toda esta hemorragia. No os olvidéis, “show must go on”, no podemos dejar de vender…


Por el resto todo bien, qué no parece poco. Conozco personas cuyas empresas precisan personal en planta, sus fábricas son de esas que no pueden parar, y piden voluntarios de oficina. Imagino el silencio que habrá en sus casas. Son héroes. Imaginadlos, valorando su estado de salud, su edad, los hijos o los abuelos con los que comparten vida.


Este es el proverbio chino de hoy: “Si te caes siete veces, levántate ocho.

Un poco de esto ha salido al hablar con mi amigo Guillermo de los cambios próximos. Hablamos de lo que viene, y de como el “exponencial thinking”, la innovación transformacional en las organizaciones que aprenden, las grandes ideas que buscan realizar una evolución ambiciosa… no solo están en poder de los fuertes, de los Google, de los Facebook, de los que disrumpen industrias completas. Estas herramientas de cambio, de emprendimiento LEAN debieran ser democratizadas. Todos, los más pequeños, deben poder hacer uso de ellas. Cada cual en el entorno de vida que les toca.

Como revulsivo a la pesadilla, la medicina es pensar en grande. Océanos azules.


Esto nos ayudará a soñar más allá del horizonte de la tormenta.

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No temas ser lento, teme solo a detenerte #COVID19 #Día10

¡Ya queda poco para que florezcan!

Día 10. Cuando se lea esto ya será primavera. Según el Instituto Geográfico Nacional habrá sucedido exactamente a las 4:50, hora peninsular del viernes, con la mayoría de nosotros durmiendo. Otros muchos también, cada vez más, en los hospitales.

El país amanece con una enfermedad desbocada. Y el pico de la pandemia, dicen, lo tenemos aún por delante. Acabo de escuchar por la radio que se exigen medidas tales que permitan multiplicar las pruebas de contagio. Lo cierto es que Corea ha detenido la pandemia de esta manera, con evidencias, con KPIs que se demuestren valores extrapolables a toda la población y que sean actuables y no con medidas parciales, manipulables y autocontenidas.

Es el final de esta segunda semana de teletrabajo y vida 100% en la nube y el sabor es agridulce: es cierto y es una evidencia, somos capaces de continuar con nuestra actividad. Ayer por la tarde, por ejemplo, tuve una sesión virtual de mi asignatura de Creación de Empresas Digitales de la que soy profe. Quizás debamos reorientar la asignatura, pienso, quizás este año debamos hacer alguna especie de bootcamp con ideas para dar la vuelta a la situación usando las tecnologías exponenciales y los datos de nuestras aplicaciones.

Pero, a pesar de todo, es doloroso saber que nuestro país precisa de una acción física a muy corto plazo, es decir, de materiales y de pertrechos que tienen que ser fabricados cuanto antes.

Pero dice el proverbio chino de hoy: “No temas ser lento, teme solo a detenerte”.

Porque debemos mantener nuestro pensamiento lúcido y afilado. Nos va a tocar utilizarlo. Y en esta pesada lentitud, actuemos con rapidez. Tenemos que fluir.

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No desesperes: de las nubes más negras cae un agua que es limpia y fecunda #COVID19 #Día8

¡Mañana otearemos el horizonte con mejor humor!

Día 8. Día del Padre. Tengo a mi hijo cerca y a mi padre lejos (¡y sano!). Para muchas familias es un día complicado. Hoy confieso que estoy de bajón, pero no os preocupéis, sigo detrás del teclado. Contradictoriamente a lo que mi espíritu dice, fuera ha lucido un sol estupendo, un sol cuyos rayos atravesaban la ventana. Mi agenda es intratable, si bien debo decir que me libera pensar que intento hacer algo útil en esta secuencia infinita de conversaciones de trabajo. Dicen que lo peor de esta pandemia aún está por venir, como si estas palabras escondieran una terrible maldición, un mal hado, una horrible distopía de la cual no pudiéramos desuscribirnos, porque no existe el botón que diga “exit”.


Y me digo a mí mismo “No desesperes: de las nubes más negras cae un agua que es limpia y fecunda”. Este es el sabio proverbio chino que me releo hoy con intensidad.


También me llegan otras noticias más halagüeñas: ¿será el Favipiravir el remedio que buscamos?¿Aquel que persigue media humanidad con los ojos apretados?¿Será el comienzo del larguísimo hilo de seda?
Ojala.

Mañana otearemos el horizonte.

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Antes de iniciar la labor de cambiar el mundo, da tres vueltas por tu propia casa #COVID19 #día6

A nubes negras en el horizonte… ¡arrojo de héroe!

Día 6. Los mirlos se apoderan de nuestros parques y de nuestras antenas y llenan el silencio de la tarde. Los gorriones se hacen fuertes en las farolas y los balaustres. Los gatos los persiguen y fanfarronean sobre un universo donde los humanos han desaparecido. Siempre queda alguien: el ejercito que patrulla y multa a energúmenos. Y en este panorama todo puede ser online, todo, hasta el límite de lo que dé la red. Ya veo a mis compañeros de Soporte a las Operaciones, otros héroes de esta singular epopeya, en mil planes de contingencia para que nada se caiga. Uno de los activos más valiosos para mantener nuestra cordura de país, la fibra.


Hoy escucho tantos programas de radio que se realizan desde las casas, veo a Buenafuente que muda Late Motiv a su buhardilla. Quizás hasta haya que ir pensando mover las fábricas a la nube… ¿Dónde estamos? En cualquier parte… nuestro pensamiento vuela.


Por eso usaré el siguiente proverbio chino: “Antes de iniciar la labor de cambiar el mundo, da tres vueltas por tu propia casa”. En sentido figurado, aunque ahora, bajo un sentido físico aterrador, doloroso. Pragmático. Hay nubes negras en el horizonte. Habrá que aventarlas, pero antes, quiero decir, ahora, tenemos que realizar esta reconversión interior. ¿Dónde quedan esas preocupaciones de semanas pasadas?¿Qué tonterías ocupaban nuestros corazones? Ya empezamos a no recordarlas.


Muchos necesitan de nuestra ayuda y es momento de mantener el corazón sereno. Limpiar el polvo de las estanterías y redescubrir aquellos libros que dejamos olvidados en el camino…


Y bailar…

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¡Oh! corazón, corazón #DiceCordelia

Por mi desdicha no sé asomar mi corazón a la boca. (Cordelia en “el Rey Lear” de William Shakespeare)

¡Oh! corazón, corazón,
arrancado, ungido, trasteado, zaherido
vomitado, remendado por los tiempos;

Dijiste que estarías pero te fuiste
y me dejaste hueco
la sal que mantiene a raya a los zombis;

¡Oh! corazón, corazón
en el frío de mi niñez te hice espacio

corazón de corteza, de huracán domesticado
de león enfermo
a veces te dibujo con el dedo índice
ese mismo dedo que señala al firmamento
esa misma runa indescifrable que solemos olvidar por las aceras;

¡Oh! corazón, corazón,
abstruso, hosco, rancio, torvo
yérguete de tu inanición
o revienta

yérguete
porque reclamo un tiempo urgente,
reclamo tu llegada
no me importa que seas una puta Blitzkrieg
esa misma que se conoce por la venganza de la corneja;

revienta
porque no me importa
ni tan si quiera que seas
otro perro ardid
pero que seas,
corazón

uno que redima al turgente, confuso
miserable, enloquecido-torpe
viejo corazón
del rey Lear.

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