¡Hermano!

No sé pueden olvidar cuarenta y tantos años.

No se puede olvidar la gallina Caponata, ni esas

canciones

que te canté de chico

   

las que acunaban y a oscuras

las que quisiera creer te metieron en la vida.

   

Hubo un tiempo de pan y leche

una vez, cuando todo significaba y se adhería al corazón;

 

El día que llegaste a casa como quien trajera tesoros y

y ya no fui yo el pequeño

porque lo serías tú para siempre.

 

Hermanos,

como lo son el viento y la lluvia,

como la luna que arrastra las mareas

como la noche que vigila al día.

 

Hermanos,

aquellos que nos confunden y nos preguntan

como cruce de teléfonos que descubriera en su voz

agua en Marte.

   

Abrazados,

que no haya más razón

que seamos un dipolo cuántico -si es que existe-

instantáneamente comunicados por sorprendente fuerza,

una sin distancia

en colisión del tiempo y del firmamento.

  

Hermano,

alcanza tu sueño,

vuela lo alto que puedas

    

hoy me siento feliz al verte feliz

reposando en un recodo

con la libertad del que tiene que decidirse a emprender el camino deseado

y son las tres

   

y el último silbato de camino nos reclama

y tú inspiras hondo y te despides

por un instante.

Foto: José Antonio Gil Martínez
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Yo vi la aguja de Notre Dame cayendo

Ella era

los mares de la América reunidos bajo todo su nombre

 

como los cerrillos nevados de los Andes

las arroyadas del Amazonas

la planicie Patagónica

y mucho más lejos;

  

Cuando yo llegué me dije

si la luz habría de detenerse

y si acaso sean las horas

tan siquiera para encender una hoguera

y llenar mi vacío con su eco

y sus besos

  

Ella era

el futuro y el pasado, pero era sobre todo un presente tan estrecho

ese que nadie sabría acertar a mirar a su través

salvo yo:

  

El de las saeteras que se utilizan para defenderse del que acecha

El de las celosías que custodian a las moritas de sus amantes

El de la aguja de Notre Dame

cayendo,

la que yo vi

  

Ella era

aquel fuego que se consumió

y las cenizas

que fue una tarde en París

en un motel que daba al Sena.

Fuente: ABC.es
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Ese amor, ese. #reborn-itch-in-heart #spring2019

Ese amor ese, ese amor.

Ese amor que perdí

el que malogré

el que trasnoché

el que dilapidé sin saberlo



Ese que envenena

el que hiere

el que es huérfano de razón

el que anochece y tiembla.

 

Dámelo todo, todo dámelo

 

Porque lo aposté en vida a rojo

y me salió negro

 

Porque tuve oportunidad de cultivarlo y se me agostó

 

Dame un poco de este amor, amor este que corroe y mata

que del liviano hice sombra y por esto vivo en penumbras

 

Que después de amar tan a cámara lenta

quiero

ser potrillo

ser aguacero

ser alacrán que pique,

 

por ser de amor, amor sea.

  

FOTO: Urueña, Valladolid


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El gran filtro de #2051

¿Por qué tan pocas civilizaciones han sobrevivido con algún mensaje? ¿Por qué cuando miramos al espacio y lo interrogamos, fuera aparte de sus maravillas insólitas, no hay nadie fuera, nadie que nos responda? Es esta una pregunta retórica que si bien impresiona es totalmente vacía. Salvo nosotros, no hay otras voces extrañas o desconocidas. No hay nada más, solo sobreviven los restos de nuestros antepasados, sus tumbas, sus registros, sus fantasías o sus números.

Y siempre estuvimos espiando el universo, imagino que esperando cualquier inminente llegada. Los mesopotámicos construyeron el primer calendario e inventaron el sistema sexagesimal: porque sesenta por sesenta representan trescientos sesenta, esto es, los días del año (aproximadamente), la revolución de la tierra en torno al sol, o viceversa, los grados de círculo que completan el orbe terráqueo. Después llegarían los Vedas y su Bhagavata-Purana,y su Krisna y sus avatares de reencarnación infinita… y finalmente fueron los multiversos atisbados por los físicos cuánticos… eran las nuevas puertas del siglo XXI ¡Y habían trascurrido apenas dos milenios!

¿Cuál es la respuesta a este aparente silencio? ¿Si existen otras inteligencias…  por qué no las encontramos? ¿Están tan lejos que nunca podremos escucharlas? ¿Son tan diferentes a nosotros que sus lenguajes de comunicación nos parecen ininteligibles o silentes? ¿O es nuestro planeta una excepción, la perla divinaen un océano de materia negra? ¿Es únicamente fecunda esta pequeña tierra que pisamos?

 Mi respuesta es… que todo es cuestión de tiempo.

Y es que nuestros mejores telescopios, aun cuando aguzan su mirada en lo más profundo, a pesar de abarcar en su extensión al universo, solo lo hacen sobre un espacio en concreto, aquel que se corresponde con el de un momento exacto de la observación humana… quiero decir nuestro limitado presente…o a lo sumo, la de los diferentes presentes de las señales cósmicas que nos alcanzan. Porque recibimos fotos fijas de las constelaciones o de los cúmulos desaparecidos. Instantáneas de las otras eras. Es como hablar con el pasado de forma peremne. 

Además, tenemos la genuina explosión del Cámbrico, un suceso insólito que sucedió hace 500 millones de años en el planeta tierra y que maravilla a los biólogos. Es fascinante saber cómo la vida se multiplicó, se aceleró y se renovó con novísimos patrones genéticos que aparecieron prácticamentede la nada en un suspiro, en una escasa decena de millones de años, prácticamente una nadería. Aquello fue la base de los seres vivos modernos: pues muchos creen que la vida ha viajado oculta, azarosa entre los hielos de los cometas por eones y que esporádicamente y accidentalmente aquella sementera renovada asalta la tierra. Y que al sobrevivir a la entrada en la atmósfera quizás pudiera fecundarla o renovarla exponencialmente… por accidente: La palabra clave se llama germinación. Yo creo que la vida se esconde y luego se contagia así… tímida e insistente.

 Han pasado milenios y el hombre mantiene una profunda esperanza de hallar respuesta. Desde aquellas manos que se reposaron en la cueva de Altamira, esas manos que todavía nos llaman, en un prodigioso despertar de su conciencia e inteligencia. Del tránsito de un simple y porfiado mamífero cazador-recolector a ser la única especie conocida dotada de consciencia plena. Aquel milagro que ahora… las máquinas comienzan a imitar. Porque fuimos hombres por primera vez, fuimos sapiens, el primer día que comprendimos que nuestras vidas tendrían un fin… y que llegaba algo denominado muerte, aquel reducto negro y miserable del que nuncase vuelve.

Este es el gran filtro que hace que seamos una especie maravillosa y terrible a la vez.

Ahora que la muerte ya no llegará, y quizás porque nuestramente sea sintetizada por los sueños del «retromind»… y se almacene y se reproduzca la consciencia las veces que sea necesaria… nuestra mente sea eterna…seamos testigos de esta poderosa transformación y permitamos se represente el último acto, salga a la palestra la génesis del neo-hombre.

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31 de diciembre de 2050

Se dijo durante mucho tiempo que aquellos que viesen colmada su cuarta década de vida llegarían por fin a ser viejos. Aquello sonaba a maldición y tenía su cierto razonamiento. Freddy Mercury murió con 45 años, aunque todos sabemos de qué forma se las gastaba el genio. Fueron el sida, las drogas, inclusive fueron las armas las que trasegaron la vida a otros muchos músicos. Fue también cosa del desamor y del maltrato, esto último para el caso concreto de Billie Holiday. Gabo imaginaba que sería un trasunto del vivir con harta celeridad, consumir el corazón y exprimirlo sin medida, sacarse las vísceras en el escenario, ser la correa de tracción del tambor de la humanidad. Uno puede decidir ser vaca y pacer con la mirada fofa, deambulando del prado A al prado B, esperando pacientemente la feliz hora del matadero, de la gran desollada; o puede tomar partido y vivir-morir.
Évariste Galois murió realmente joven: a los 20. Este matemático se enredó en un juego de pistolas, un duelo contra el campeón del ejército francés. De nada le valieron sus ecuaciones, las mismas que ahora guían nuestros sistemas de navegación. ¡Jodida ironía! Otro que se fue pronto fue Turing, con 42 años. En este caso la leyenda va mucho más allá: era marica y estaba siendo procesado por ello, como lo fue Oscar Wilde 50 años antes, y fue perseguido con ensañamiento público: y finalmente se suicidó con cianuro, y quiso entenderse que sería por sus devaneos con la industria militar y la criptografía clasificada, pero mientras le denigraban, él escribía el siguiente silogismo:
• Turing cree que las máquinas piensan
• Turing yace con hombres
• Luego las máquinas no piensan
Pero todos sabemos que las máquinas piensan… a su manera.
El 31 de diciembre de 2050 Gabo recibiría dos llamadas: a primera hora fue Sancho, que le espetó una ristra de chistes maleducados y le invitaba a pasar aquella noche juntos, con su familia. Él tenía unos suegros que eran «un puro dolor de ojete», y sus cuñados y sobrinos construían un caldo insoportable. La presencia de Gabo no arreglaría nada, pero quizás pudieran cocinar juntos la cena e intoxicar a aquellos energúmenos sin indulgencia. Gabo escuchaba chasquidos en la línea y de fondo un batiburrillo de voces. Sancho era inmensamente feliz con su gente y sentía la necesidad de compartirlo con el que creía un amigo. Gabo se disculpó amablemente porque él cenaría solo. Cuando llegó la hora desprecintó una pizza, la calentó al microondas y abrió una botella de cerveza. Encendió el equipo e hizo sonar su ópera favorita, Alcina. Fue entonces cuando le llamó Benjamin. Benjamin estaba preocupado. Le dijo que aún quedaba una hora para media noche, que podría pasar a recogerlo, tomar las uvas y que después se emborracharían juntos en cualquier garito, pero que, por favor, no se quedará así otro fin de año más. Gabo le contestó que no se preocupase: que tocaba el momento de añorar a los ausentes, esto lo decía obviamente por su madre, y de esperar amaneciese el puñetero año 2051. Él estaba a punto de cruzar la barrera de los cincuenta y creía que podría sobrevivirlo. Benjamin no supo qué responder y colgó el teléfono un poco asustado.
La madrugada del 1 de enero de 2051 fue desquiciantemente fría. Hubo cencellada y parecía que sus mil aguijones quisieran asesinar a sus pocos viandantes. Si se hubiera desprendido alguno de los carámbanos de los canecillos de la casa de Gabo hubieran taladrado el suelo. Gabo salió a primera hora dispuesto a coger una pulmonía o a terminar su tramo habitual de 10 kilómetros por la sierra.
En la carrera sentía su aliento, su jadeo regurgitando su dolor, expulsado un calor asfixiante que indicaba que seguiría vivo una temporada: las resurrecciones tienen estos menoscabos. Cuando los genios superan los 50 dejan de serlo… y se convierten un poco en sabios.

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El gran regalo de Papá Nöel y de los Reyes Magos – final B

Los niños, sorprendentemente, no rellenan ningún formulario.

Es más, los niños no entendieron nada de aquella carta de Nöel y respondieron al formulario con un gran ¡¡NO!! de vivos colores, explicando que querían en realidad recibir para siempre los regalos de Papá Nöel y de los Reyes; les hacía tanta ilusión decidir qué pedir, escribir aquella carta eligiendo entre las diferentes posibilidades, y luego finalmente enviarla junto a sus padres. Y, claro está, había que esforzarse por merecer aquellos regalos y hasta por compartir un poco con el resto de los amigos. Aquello justamente hacía más valiosa la recompensa.

Los Reyes recibieron una riada de respuestas en este sentido.  Eran todos los niños del mundo. Se avisó con urgencia a Papá Nöel y al elfo. Estaban en la playa, y si bien, alguien de lejos los creyera sonrientes, sus corazoncitos penaban y anhelaban una señal de esperanza. ¡Y fue aquella la mejor que podrían haber recibido nunca! Rápidamente retomaron su trabajo con aquella respuesta unánime de los niños y nunca más lo abandonarían. Se dieron cuenta de lo importante que eran y de que no podían fallar a la humanidad.

 ¿Y qué pasó con los grandes fabricantes? En realidad, nada, porque ellos también tienen sus hijos y comprendieron su equivocación a tiempo, por tratar de malmeter, y que sobre todo la Navidad era un momento importante para cuidar, y desde entonces respetarían el duro trabajo de Papá Nöel y de los Reyes.

Y es que la Navidad no es una mera compra…es más bien un regalo, pues tenemos la oportunidad cada año de recordar y practicar que la generosidad nos hace mejores personas. Y de esta manera en nuestro mundo podrá crecer la felicidad.  

¡FELIZ NAVIDAD!

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El gran regalo de Papá Nöel y de los Reyes Magos – final A

Todos los niños rellenaron los formularios y desde entonces recibieron los regalos directamente.

Aparentemente era una buena elección porque se aseguraban los regalos cada año. No hacía falta ni siquiera portarse bien un ratito.

Así fue, desde entonces que ya no recibirían los regalos aquellas noches mágicas de Navidad y de Reyes, ya no estarían ni al pie del árbol ni escondidos entre los zapatos. Tampoco tendrían que poner una taza de leche ni turrones. Ningún elfo ni nomo se colaría por entre las rendijas de la ventana. Ningún trineo les visitaría. Ahora esperarían todo el día a que sonara el timbre de la puerta… y a que un mensajero en moto les hiciera la entrega.

Entonces los centros comerciales se aprovecharon…y pusieron los regalos mucho más caros que antes. Pronto ya nadie se acordó de Papá Nöel y de los Reyes Magos. La última vez que la gente escuchó algo sobre ellos fue cuando se murieron… muy solos y los periódicos publicaron una pequeña noticia que a nadie le importó. Así fue como la ilusión de la Navidad… se perdió. ¡Eran tan fácil conseguir todo lo que queríamos! Unos años más tarde ya ni tan siquiera la llamaban Navidad: la llamaban Tiempo de Regalos y en realidad eran simples compras, puesto que era más práctico y sencillo pagar (si podíamos) por lo que uno quería… y ya está.

Este final puede que sea bueno para cierta gente… los fabricantes y los vendedores que se hicieron mucho más ricos, y que aparentaban ser más felices y que hasta solían alardear de sus nuevas riquezas porque todo el mundo les envidaba… pero pensad: eran tan pobres de corazón como el resto, ya que el espíritu generoso de los regalos nunca se podrá comprar.

¡FELIZ NAVIDAD!

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El gran regalo de Papá Nöel y de los Reyes Magos

Y sucedió que Nöel, aburrido de recibir cientos y cientos de cartas, todas ellas similares entre sí, copias simples y duplicados de modelo de supermercado sin imaginación alguna… pues…se cansó de la Navidad. Y es que se veía a sí mismo como un simple acarreador de obsequios vacíos, un empaquetador de antojos y de estorbos apilados, y los niños, sin ilusión aparente, le resultaban tan egoístas e interesados, pedigüeños que no hacían sino repetir lo que escuchaban a los mayores: cuanto más caro, mejor.

―Pero la culpa no es de ellos…―le explicaba con dificultad su pequeño elfo mientras gruñía. Y en esto tenía bastante razón.

El elfo era verde y bastante feo y de nombre un tanto particular: Mr. Scrooge.

Nöel era mayor. Salvo el elfo nadie se preocupaba realmente por él. Y el elfo no estaba tampoco para tirar cohetes, ya tenía sus años. Vivían los dos solos, entre los hielos del Ártico. Tenían sus achaques y trabajaban ciertamente muy duro todo el año para preparar aquel interminable almacén de regalos. Por eso y porque estaban siempre muy cansados no paraban de gruñirse el uno al otro, no paraban de envidiar la suerte de los demás:

―Al menos los tres Reyes tendrán más gente que les ayude… los pastorcillos, los pajes… ¡un montón de personas a su alrededor! ―se quejaba Mr. Scrooge cuando recibía el plan de trabajo diario.

―Y viven en un sitio con menos frío y lluvia. ¡Allí en el Oriente sí que hace rico calor! ―le respondía Papá Nöel cabizbajo.

En realidad, la cosa no es que fuera mejor en el cuartel general de los Reyes Magos: hacía tiempo que sus pobladores habían olvidado el verdadero sentido de su trabajo y se comportaban como si fuera una fábrica sin sentimientos: que si las compras, que si el acopio de material para los juguetes, que si la eficiencia en los trabajos de la preparación navideña. Nadie podría quejarse, siempre cada año mejoraban los tiempos, el número de regalos de las cartas entregadas, la precisión de las operaciones en la Noche de Reyes. El trabajo había sido cuidadosamente dividido entre todos… pero finalmente… a nadie le importaba, nadie se preguntaba para qué estaban allí. Y todo el mundo trabajaba triste y meditabundo, esperando haber finalizado su trabajo y descansar un poco.

Y un buen día, la noche previa a la gran noche de Navidad, un viejo elfo verde se presentó en su cuartel: era Mr. Scrooge, en bermudas y maleta de viaje en mano, prácticamente oculto por una gran tabla de surf, que traía un mensaje de Nöel; se lo entregó, y tal silenciosamente como vino, desapareció. Decía la misiva así: “Lo dejo. No lo soporto. En nuestro almacén están los regalos listos delos niños de este año. He pensado que ya no somos necesarios y que bien pensado vosotros podéis entregarlos en vuestro día. Mi elfo y yo nos tomamos la Navidad libre. Nos vamos a la playa. Si queréis, el año que viene os relevamos”.

A pesar de lo terrible del mensaje por lo que significaba abandonar tanta responsabilidad, la propuesta tenía sus claras ventajas: si se turnaban solo deberían trabajar la mitad del tiempo. Pensaban apenados los Reyes que a nadie le importaba quién finalmente le llevara los regalos a los niños. Por lo menos trabajarían un año y descansarían el siguiente. Aquel periodo de ocio lo podrían dedicar a viajar, a hacer fiestas o sencillamente a vaguear. Ya todos se imaginaban la nueva forma de vida… y que, aunque fuera por un tiempo, se librarían de todo aquel esfuerzo esclavo de entregar los regalos de Navidad.

Aquella noche de Navidad fue la primera en siglos que nadie recibiese nada. Únicamente llegó una breve carta a los niños, una carta escrita y firmada por Papá Nöel, en tono administrativo y formal, pidiendo disculpas y justificando las nuevas condiciones de entrega de los juguetes. Aquel primer año los Reyes se ocuparían de todo y en lo sucesivo se irían turnándose con Papá Nöel… Aunque aquella carta contenía algo más… los fabricantes, que vieron peligrar su negocio, tramaron un golpe de efecto… la carta se acompañaba con el logotipo de muchas marcas de enormes centros comerciales e incorporaba un formulario para que los niños lo firmaran, adjuntasen un número de tarjeta de crédito y comenzasen a solicitarlos regalos directamente… comprándolos. ¿Por qué en el fondo qué valor aportaban aquella panda de haraganes que ya no querían hacer su trabajo y repartir los juguetes? ¿Nos podríamos realmente fiar de ellos en un futuro?

Los fabricantes se frotaron las manos: ahora las Navidades serían finalmente ¡todas suyas!, ya nada importaban aquellos tristes de Nöel y Reyes Magos. Se habían dejado comer el pastel.

¿Y qué pasó entonces?

¡Es ahora tú momento! Elige cómo continúa la historia y después vota por el final que más te guste.


A – Todos los niños rellenaron los formularios y desde entonces recibieron los regalos directamente

B – Los niños, sorprendentemente, no rellenan ningún formulario

 

Puedes, después de leer los finales, pinchar aquí para votar cuál de los dos te ha gustado más y qué opina el resto de lectores.

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El #explorador de paraísos #buscandolafelicidad

Tengo que hacerles tres apreciaciones a los paraísos propios: la primera, solo sobreviven sin te los tragas, si esa burbuja donde  los imaginas se localiza en tu estómago y baja que te baja se asienta un poquito más abajo, en el intestino delgado y busca allí asiento. La segunda, han de achucharlos, tanto como haría la madre a su hijo pequeño. Háganlo a diario, porque los paraísos si no se exploran se nos morirán por inaniciones varias.Dicen de los paraísos muertos que son como los corazones ultrajados: pintan bien en los poemas pero son horribles para convivir con ellos a diario. De aquí me nace la tercera apreciación, escuchen. Sean generosos con sus paraísos enfermos, denlos tiempo, permitan que se enfaden con ustedes, que se alejen de sus vidas, que se vuelvan chicos o que sean destructivos, y quieran que no, antojadizos cuando lo que necesiten principalmente sean sus mimos. Y es que los paraísos se exploran a escondidas. Y solo es así como uno se acostumbra a ellos, se hace uno a su traje, y esta medida de nuestros sentimientos los hacer florecer; porque de lo contrario esto será como aquel gran amor, uno que hubo por momentos precisos irradiado soles y al que habrías dado un brazo por besarle, y sin embargo, falto de coraje no le dijiste nada, no diste el paso, y ahora le ves todos los días, y por causas diversas, os saludáis, y sentís ambos este grave silencio, pero hay una distancia cosmológica de paraíso que se murió y que procuráis evitar. En el estómago lo sabéis perfectamente pero es tarde para que haya un hueco donde fructifique este paraíso.

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