El origen de los Nmemonautas #cienciaficción #historiasparaZenda

Eran sobre todo aquellos campos amarillos y sus trigales; era aquel rubor tornasolado del horizonte o tal vez el destello de las cupulillas impresas de la neopolis, y de aquellas líneas que se dibujaban en las avenidas, de las cuadrículas repetidas, en donde, decían, ahora se vivía en paz. Eran las proyecciones sobre las nubes, y el sol impoluto, y el trasiego de los astropuertos o el volteo organizado de sus fábricas estelares: era todo tan bello.
Habíamos vuelto y como siempre que sucedía, ellos habían cambiado el planeta… Fuimos a lo que una vez llamamos París y ya nada se erguía sobre lo que parecían unas colinas desmochadas. Fuimos a su Londres, y la muchedumbre ya no estaba; en su lugar, una vasta llanura ocupaba el espacio donde solo pastaban unas aburridas vacas; en Moscú todo era hielo y rugía un atroz vendaval. N.Y. permanecía bajo las aguas, y los pulpos y las anémonas eran sus únicos habitantes arrollados por las mareas.
Pero la humanidad seguía por aquí, tan prolija y exánime como siempre. Fuimos a sus hospitales y nos mostraron las nuevas criaturillas. Las tomamos en brazos y las acariciamos y las cantamos aquellas viejas nanas que nos hubieron enseñado nuestros abuelos.
Pero buscamos en sus bibliotecas y no encontramos nada más que edificios derrengados.
«El conocimiento que no es útil no se almacena», nos decían. «Los gobiernos se organizan algorítmicamente, automáticamente. No queremos arqueólogos. No queremos saber nada de nuestro pasado. Es absurdo, no os imagináis cómo…»
Les hablamos de sus ancestrales guerras. Hasta inclusive les enseñamos las fotografías, las grabaciones. Ellos sonreían y tecleaban en sus enormes bases semánticas y nos preguntaban. No quedaba nada de aquellos horrores, se habían volatilizado y nos parecía sorprendente que no quisieran recuperarlos.
Les hablamos de los romanos. Les hablamos de las religiones. Les hablamos de Cristo. Juntaron a sus filósofos y apuntaron nuestras ideas, tomaron notas y nos escucharon con una intensidad inusitada, aparentemente interesados por sus viejas desventuras. Pero era una torpe impostura y lo sabíamos. En cuanto nos íbamos… olvidaban nuestras palabras y retomaban la rutina. Decían estar muy ocupados con la prosperidad futura. Decían llamarse sus albaceas y no supimos por qué hasta mucho después.
Pero fueron amables y los gobiernos nos recibieron entre vítores, entre alabanzas. Pese a todo, decían, éramos los Mesías, los egresados. Nos explicaron que nos habían estado esperando durante milenios. Les dijimos que nuestra máquina del tiempo estaba ya vieja y que era complicado detenerse en una era concreta. Se la enseñamos, y sonreían al ver aquella obsoleta tecnología. Nos ayudaron y la parchearon… así podríamos continuar nuestro viaje, nos decían. En realidad, pensamos, nosotros éramos mucho más viejos que todos ellos juntos… y en cierta medida… con aquella felicidad y perfección conseguida en su nuevo mundo nuestra función podría darse por terminada. ¿Sería el momento de descansar en cualquier playa de los trópicos? Ellos decían otras cosas a nuestras espaldas y se reían.
Luego nos llevaron al Coliseo. Al menos así llamaban al gran estadio de futbol, aunque ni uno solo podría explicar algo sobre aquel deporte. Era lo único que conservaban de nuestro tiempo. Nos contaron la historia de lo que sucedió allí… y era la misión de los Nmemonautas, aquella enorme épica a la que fuimos encomendados. Conservaban allí unas hermosas palabras grabadas en laminillas de titanio. Nos emocionamos al reconocer nuestros rostros. Pero sus historias eran otras distintas. Una por una ninguna ya coincidía con el original designio al que no encomendaron y no comprendimos el porqué. Pensamos que el tiempo y sus interpretaciones las había tergiversado… El devenir de los acontecimientos, creíamos, les había ayudado a olvidarlas; porque fuimos enviados para mantener el espíritu de la prosperidad humana… y cuando les interceptamos en aquel tiempo… parecía que ya nadie nos necesitaba.
Por eso recogimos nuestros bártulos. Nos acompañaron hasta la zona de lanzamiento. Nos despedimos y les dijimos que pondríamos rumbo al siguiente eón: otra humanidad nos esperaba y quizás nos necesitara mucho más que ésta…
Les vimos alzar sus brazos, despedirnos con miles de palomas y coronas floridas.
…..
Decían que habían vuelto a salvaguardar la conciencia. Nos decían con su absurda razón: «no sois libres, los recuerdos os atan aunque no lo queráis, y os vamos a salvar de todas formas». Quizás por eso decidimos acabar con ellos y evitar que volvieran a interferir en la humanidad, que volvieran a ponerla en peligro una vez más. Porque es mejor olvidarlos y todo eso. Olvidar sus creencias y las supercherías ancestrales que portaban. Ahora sabemos que es mejor comenzar con todo cada cierto tiempo. Como reiniciar nuestras mentiras. Ellos fueron reclutados para salvar a la humanidad y solo tiempo después se comprendió la medida del error. Dicen que cuando marcharon en sus naves portaban un mensaje de paz. Pero acarreaban la verdad envenenada, la del conocimiento que crea la indignidad. Tan solo cuando aparecieron en el horizonte tocaron nuestro corazón por lo mucho que los habíamos esperado. Pero afortunadamente les cazamos, como lo hace la tela de araña con la polilla nocturna. Como lo hace la amantis al devorar a su anhelado esposo, recién finalizada la cópula.
…..
3,2,1… en el momento del lanzamiento comprobamos que algo iba mal. Que se habían burlado de nosotros. No iríamos al futuro jamás. Habían modificado nuestra máquina del tiempo… y lo cierto era que aquella nueva tecnología retrograda funcionó a las mil maravillas. Para que todo fuera, dejaron escrito los hombres… que siempre tenía que haber sido… y por eso comprendimos que la misión postrera era bien otra para nosotros; que era la de viajar tiempo atrás y reencontrarnos con los fundadores (con nuestros yoes cualesquiera que fueran) y custodiar nuestro destino para que no fuera otro… sino desaparecer. Lo que había sido escrito no podrá ser borrado por los nuevos y sucesivos Nmemonautas… y por nuestros viajes al futuro, que habríamos de extirpar de todas memorias de las humanidades que custodiamos.

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La ciudad en las nubes #Democracyistheanswer

Existió una vez una ciudad en las nubes. Nevada por sus cimas, sus torreones medievales ahora derrengados, sus escaleras de peldaños rotos, de paredes enmohecidas, de vientos que cuarteaban sus lienzos arruinados, de soles arremetidos entre sus plazas huecas de palabras, de almenas despeñadas en el firmamento azul y prístino.
Existió un país sin nombre, un país sin destino, un país sin habitantes, un país vacío. El reino del tiempo se lo llevó todo; tan solo sobrevivió una soledad de ciudad en las nubes, donde aquellos que la buscaban y la visitaban entumecían sus corazones y morían de odio. Fue la princesa de pies de barro, el guerrero del antifaz dorado, el gigante de ojos doloridos, todos los mitos que una vez fueron su orgullo los que luego la envenenaron y la desahuciaron.
Existió una vez una ciudad en los cielos que fue tiempo atrás dichosa. Orgullosa de su poderío militar, de la diligencia de sus artesanos, del emporio de sus naves colonizando.
Y sucedió que los monarcas cometieron un gran pecado: no el de la avaricia, no el del orgullo ni la crueldad ni cualquier otro vicio que quisiéramos entrever. No fue la bajeza ni la ruindad de sus sueños… no.
No comprendieron que los tiempos se pasan y lo que hoy que se aplaude mañana será silencio extremo. Y fueron arrogantes y suspicaces y no supieron ver en el bien de su pueblo la máxima garantía para la Democracia.
Se parapetaron en sus palabras.

Ciudad en las nubes

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Lo que nos infringe la madrugada

No, que no es el tiempo lo que infringe la madrugada
no, que no la pesadilla esa, la-que-te-perdura

a veces lo siento entre naufragios
y tiemblo de miedo
yo me borro perseguido
por mi laberinto que pena.

Era la rasta de Bob Marley
o las tetas de Marilin
o la tablet, o el móvil avisándome:

¡me desgasto…!

y soy yo un androide que sufre,
pero será peor si sabes que el puto dinero
no llegará a casa

y la magia se fue

y la muerte -perra tesorera de la esperanza-
barrunta el desafío,
cuando la poesía se vierte
porque no hay otros lugares aledaños al sueño:
son un cadáver exquisito
tu libros ocultos,
sus letras de menoscabo.

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Relatos Satánicos y #KALPAIII con mi relato #Retromind en #CYLCON2017

Satán visitará CYLCON’17 este próximo fin de semana, día 21, en la Feria de Muestras de Valladolid, a las 13:15 horas.

Allí KALPA presenta su colección de “Relatos SATÁNICOS” y allí me podréis encontrar, con mi relato seleccionado de Sci-Fi y Terror: «Retromind, cuando el paraíso y el infierno se fusionan por los algoritmos de la memoria sintética…»

¡Y rodeado de lo mejorcito del relato fantástico de la región!¡es un pedazo de experiencia compartir antología con todos estos maravillosos creadores!

 

Relatos Satánicos de KALPA

Relatos Satánicos de KALPA

 

Retromind KALPA

Cylcon’17

 

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El patrullero y su Banda Navideña #FelizNavidad2017 #LasNavidadessonporloquesecomparte

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Sé que muchos buscarán sentido a mi historia. Sea para ellos, para que alimenten la esperanza en esta Navidad. Para el resto, decirles a su favor, que no puedo demostrar nada. Que no guardo prueba, salvo la de mis recuerdos y la de mi frágil memoria, y que de seguro errarán en sus detalles. Pero que esto que ahora les cuento lo viví, créanme, tal cual lo cuento. Y que si es mi imaginación la que les engaña, pues lo hace sin malicia: y sean estas palabras inocentes.

Decirles cual es mi oficio: el de patrullero. Recién licenciado de la escuela de agentes, había sido asignado a este destino. Y que aquella noche tendría una de mis primeras rondas, aún a pesar de ser la víspera de Navidad. Y no patrullaba por las calles céntricas y hermosas, repletas de colorines, lucecitas y árboles en los centros de las plazas. Pues lo mío serían los extrarradios, las barriadas y los despoblados donde la gente humilde habita. Mi compañero de patrulla solía decirme que no me preocupara, que peores negocios se hacían en el centro y que era más sencillo velar el sueño y la seguridad de todos aquellos ciudadanos de nuestra ronda. Y como soy persona cumplidora, así lo entendí y así lo hacía con ilusión. Sin embargo, aquella fría noche de Nochebuena, dispuesto a realizar el servicio, me sentí especialmente solo y desvalido. Y mi compañero, nada más arrancar y tras pimplarse su habitual bolsa de nachos, se quedaría profundamente dormido: masculló algo que entendí como «Feliz Navidad, amigo, ahorita no me moleste», y comenzó a roncar más alto que la bronca bocina de nuestro auto de patrulla.

Las primeras horas fueron aburridas y no sucedió nada en particular, salvo quizás algún perraco al que casi atropello en un descuido. Finalmente, hastiado, me detuve, dejé a mi compañero siempre dormido, guardando con su siesta el auto, y entré un instante en una cafetería a tomarme un chocolate. Mientras removía los posos del vaso, una extraña visión captó mi atención. A través de la vidriera, y a lo lejos, un hombrecillo disfrazado de Papá Noel trataba de escalar una tapia y de entrar en una casa. Portaba un saco inmenso de tela, casi tan enorme como él, que con extrema dificultad arrastraba consigo. Me froté los ojos. Estaba solo en el local y el camarero había entrado un instante al almacén. Nadie más pudo verlo. Continué mirando y me sonreí. El hombre, que había conseguido llegar a lo alto del muro, se colocó a horcajadas, y cuando estaba a punto de alcanzar un canalón para ascender a la vivienda, resbaló, perdió el equilibrio. Cayó, y debió ser un fuerte golpe, puesto que no se levantó ni se movió. Asustado, salí inmediatamente del local, crucé la calle y fui a su encuentro. Al llegar, seguía todavía en el suelo, inconsciente, tumbado en el suelo, si bien, por fortuna, nada grave le había sucedido, salvo por alguna magulladura. Le intenté despertar. Di aviso a la emisora y mientras llegaban, el tipo abrió un ojo y luego otro. Los tenía, creía ver por la escasa luz, azules, muy hermosos, casi como dos lunas. Comenzó a hablarme en un idioma que no entendí, aunque evidentemente yo sabía a que se refería, pues estaba perfectamente entrenado para estas situaciones: porque prudentemente lo había inmovilizado con las esposas, en previsión de una agresión. Yo me sonreí, malicioso, y comencé a hablarle como si me entendiera:

―¡Menudo trajecito has escogido!¡Y menuda noche para ir a molestarnos!

Luego miré dentro del saco, y vi la gran cantidad de juguetes y notas con nombres y direcciones.

―Veo que ya has hecho de las tuyas. Te debería dar vergüenza, robar a esta pobre gente los regalos que con tanto esfuerzo han conseguido para sus hijos.

El hombre me miraba e intentaba justificarse y señalaba sus manos.

―Deberías haberte descalabrado ―insistí, recriminándole su vil acción

Estaba malhumorado y quizás, en mi enfurruñamiento se me ocurrió una gran idea, una brillante idea para una noche como esta. En la academia me hablaron de fechorías y las habíamos estudiado de mil tipos. Pero siempre había un límite: ¡y aquello lo superaba a ojos vistas! Inconscientemente volví a llamar por la emisora y anulé los refuerzos. Expliqué que había sido una falsa alarma.

―¿Sabes lo que te digo?… que hoy vamos a hacer tú y yo una buena acción navideña.

Ayudé a levantarse al tipo, que a la luz de la farola aparentó ser mucho más viejo y gordo de lo que me había parecido inicialmente; era un vulgar ladronzuelo.

―¿Pero es que no tienes nietos?¿Cómo le da a tipos como tú por destrozar ilusiones de los infantes? ¡Entrar en todas las casas de un vecindario y robarlos! ¡Vamos!

Los dos juntos ofrecíamos un espectáculo lamentable. Imaginen, un patrullero, casi estrenando su uniforme, al lado de un falso Papá Noel, con su viejo traje raído de pega.

Entramos un segundo al bar y le pedí un café. Dije:

― ¡Rápido! Aquí nuestro amigo tiene trabajo que hacer.

El camarero burlonamente se río de nosotros y con la mano señaló otra vez fuera. Giré la cabeza y entonces vi a tres tipejos muy feos y más bien bajitos que nos miraban, y mientras, pegaban saltitos e intentaban auparse. Al darse cuenta de que les habíamos descubierto intentaron disimular. Le dije al camarero que vigilara al Papá Noel un instante y salí fuera. Cuál fue mi sorpresa cuando descubrí que los tres secuaces eran realmente pequeños, apenas me llegarían a la cintura y tenían pelo poblado y largas narices retorcidas. Llevaban unos disfraces verdes cubiertos de una suave lana, similar al traje del falso Papá Noel. Tenían gorros verdes, rematados en bolas blancas. Se pusieron a hablarme muy rápidamente y a señalar a otros sacos que portaban con más mercancía robada. No se les entendía nada, pero yo ya lo tenía claro: Lo que faltaba, saqué mi revolver reglamentario y les apunté. ¡Había descubierto a una banda entera de malhechores navideños!

El camarero, entre risas y frases guasonas, que yo reprendí rápidamente con responsabilidad, me sacó al fraude de Papá Noel y lo alinee junto a los tres diminutos amagos de duendes. Les solté una charla impresionante, siempre he pensado que esta gente hace estas cosas terribles sin entender el daño que causan. Al concluir, orgulloso, les hice recoger los sacos y detrás suyo, comenzamos el reparto.

Así fuimos casa por casa del vecindario, a devolver los regalos que ellos antes habían robado. Pensé, que dadas las horas, y para no crear disturbios de orden público al asustar a sus moradores, tendríamos que dar una plácida imagen navideña, y mediante gestos les expliqué a estos malandrines cómo deberían comportarse en las sucesivas visitas. Inclusive les enseñé a tararear y a acompañarme con una deliciosa imitación de Jingle Bells. A mi parecer, estábamos preparados para devolver toda la ilusión navideña a estos desconsolados vecinos del barrio.

Como digo, fuimos casa por casa. No faltó ninguna. Llamábamos, y dada la hora, salía el padre asustando y velozmente, y previa identificación de mi oficio de patrullero, procedíamos a entregarles sus regalos, tras filiar a sus hijos. Los niños de la casa miraban por la ventana, por entre las cortinas, se reían abrazados a la madre, y no paraban de señalarnos y saludarnos o lanzarnos besitos. Imagino que les impresionaba mi placa, y sobre todo como manejaba y organizaba a todo un grupo de desalmados.

En una de estas viviendas salió un pequeñajo a las escaleras a recibirnos. Me asusté, pero me ignoró, y se dirigió directo al Papá Noel, y sorpresivamente le propinó un fuerte tirón a las barbas postizas. Por suerte y misteriosamente, el desalmado las debía llevar bien sujetas, pues no se cayeron. El viejo no se inmutó y hasta sonrió alegremente al niño. ¡Qué raro!

Pero les juro que salvo algún incidente como este, fue una gran noche. Todos los niños recuperaron sus regalos. ¡Todos!¡No faltó ninguno!

Al llegar el amanecer, y habiendo repartido todos los sacos con los regalos robados, di por concluida la misión. Nos juntamos en un jardincillo y repetí mi soflama, a los que ya, en cierta medida, consideraba mi pequeña Patrulla Navideña. Ellos me miraban con la misma cara de sorpresa de un principio y hablaban entre ellos, preguntándose no sé qué, sin yo entender palabra. No importaba su aparente falta de estilo navideño porque yo sabía que algo había transformado en sus corazones. Porque ser bondadoso los agranda. Y que aunque feos y bajitos, hoy serían un poco mejor que antes. Me despedí, recordándoles lo importante que es cumplir siempre con la ley. Y quedaron allí, en el jardín, montando en lo que parecía un extraño carro tirado por mulas con cuernos postizos. ¡Oh, Díos mío!¡Esos tipos son imposibles, espero que no lo hubieran robado a mis espaldas!

Fueron tiempos extraños pero emocionantes. Yo era muy joven y no creía en esas tonterías de Papá Noel y los Reyes Magos, y ahora me doy cuenta de que es mentira todo lo que antes pensaba.

Al regresar al coche patrulla, realmente estaba de excelente humor. Amanecía un precioso día de Navidad. Mi compañero se comenzó a desperezar y alagó lo bien que había conducido. Sonrío y echo mano a una nueva bolsa de nachos. No había sentido nada de nada, ningún frenazo, ni quiera el ruido del motor. Me hice el despistado y evidentemente no le conté lo sucedido. Porque esta es una aventurilla entre ustedes y yo.

Era ya momento de retornar a la Central y ceder el turno al siguiente patrullero. Tendría tiempo aún de pasar por una churrería y coger algún chocolate con porras, y despertar a mi amada familia.

Había nacido el Señor, y era momento de celebrarlo en Navidad.

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El manporrero de la España cañí (2) #polítificción #mitinveraniego

Cuando llegó el verano todos decidimos ponernos a cubierto y desaparecer de la primera plana de la actualidad. No obstante nos seguían requiriendo en algunos pueblos mesetarios a los que con diligencia respondíamos con un no, prudente, reflexivo, alegando la necesidad del descanso para nuestro candidato. Y sin embargo, por motivos que no comprendemos aún, recibimos el requerimiento desde la Dirección General de confirmar nuestra presencia en uno de ellos. Ni el mejor relacionado ni el más grande, solo un pueblecito de la sierra lindero a Segovia. Pensé que quizás quisieran los de la central hacer amor patrio o algo así. Si bien el calor tórrido de aquella tarde del mitin nos asfixió, aquella solanera perpetúa, pese a los pocos, casi diría, que nulos asistentes que aparecieron, el «candidato» se presentó, encorbatado hasta las trancas, y el discurso bien aprendido.
Menos mal que aún nos quedaba la prensa. El truco era ese, y por eso, antes de cualquier cosa me fui a tomarme unos piscolabis con el delegado de la agencia de noticias, que a bien había querido asistir… era más… quería hasta una entrevista “life”.
El candidato estaba pletórico, eso sí, un poquitín resudado. Temí le estallara aquella vena azul que le cruza la calva y que se le hincha en los momentos de mayor entrega de sus mítines.
Y allí estábamos, no llegaríamos ni quince, escuchando sus palabras, como pequeña prole que recibe la amonestación eterna o la cornucopia dorada de la justicia. Qué bien nos lo pasamos. Conectaron con la cadena local en directo y supimos simular con grititos y clamores y hasta parecíamos muchos más o al menos dimos la impresión de ser tipos muy entregados. Los temas tratados, tengo que decirles que ya no les recuerdos, ni falta que hace. Yo por aquel entonces iba pensando en la piscina y en el chapuzón que me iba a esperar después: la terracita y los pinchos, y mal que me pese la concejala de cultura que estaba aún potable y quién sabe hasta cuándo y cómo terminaríamos aquella noche de verano.

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Corrido transtronterizo de J. y su #SpanishTexas bilocado #canciónparalaferiadellibrodeValladolid @AyuntamientoVLL

J. cantaba borrachuzo, con la sor bilocada (era María de Agreda) colgada a las espaldas:

Si me voy a Texas, dejad que antes me muera en los llanos de Castilla,
dejad que mis ojos azules descansen en los palmitos de Urueña,
dejad que mi corazón se parta o se divida, o se multiplique mesetariamente,
dejad que sea un embajador de la España transoceánica.

Y si me voy a Texas,
quiero aterrizar en Houston o en San Antonio,
quiero abrazar a mis hermanos y si queda todavía tiempo,
visitar los cielos limpios de Corpus Christi para dejarme morir ,
si no agusto, liberado,
que tanto dolor ya no me espanta
que no puedo dormir de noche separado por su amor.

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#SpanishTexas se va de farra a la #feriadelibroValladolid @AyuntamientoVLL día 18 por la tarde

El día que J. aceptó ser detective delegaría su destino al designio del sol y sombra. Relegó sus sueños al rincón pútrido de las esquinas que nunca barreremos, con sus arañas depredadoras, sus cucarachas macilentas y todos estos bichos que odiamos y amamos en nuestra casa… pero que estorban.
Aunque J. era mucho más que todo eso, y si bien mirado era un tontorrón, un obseso perseguidor de mujeres (en la distancia), un vil pajillero que había trabajado intensamente para arruinar su vida. Y en la relación anterior de adjetivos debo incorporar lo siguiente: era también un vago.
Con todo lo anterior, digo, que no debamos esperar mucho de él. Al menos esto me contaron. Y cuando la editora me llamó y me dijo que un bufete de la Gran Vía me estaba pagado un guardaespaldas, al principio tuve miedo y luego sorpresa y luego cuando lo vi me indigné y pensé que mala suerte tenía, y que «este tío es un cerdo pero que muy cerdo».
Y J. estaba allí, como un pánfilo, en la caseta, mirando qué sé yo. Vestía todo de negro si bien a fuerza de lavadas la camisa se desteñía. Estaba sentado en una silla, en la jodida silla donde iba a estar sentado yo firmando minutos después. Le sonreí y me presenté. Ni me prestó atención, miraba las colecciones de cine, o quizás fuera una novela de Thomas Mann y luego supe que tan solo leía a Jim Thompson, a lo sumo poemas sueltos de Panero. Luchaba de esta forma, leyendo a los grandes fornicadores, por sobrevivir, y salvar, algo de sí mismo, lo que fuera.
Luego tomó mi Spanish Texas de la mano, leyó su contraportada, abrió una hoja cualquiera y después de releerla me preguntó que por qué querían matarme. Por suerte subieron en aquel momento la persiana de la caseta, y la larguísima cola me obligó a carraspear con fuerza a J. exigiendo abandonara aquel sitio, pues era mi lugar. Finalmente le aparté de un codazo y no pude sino ponerme a firmar. Él se quedó a mi lado custodiándome, con la mano metida en el bolso, en lo que parecía era la pipa. Misteriosamente nadie preguntaba por él. Mis lectores se aproximaban, esperaban su turno y charlábamos, siempre ignorándole. He pensado después si fuera una alucinación de mi memoria.
Hoy me volvió a llamar el editor y me dijo no sé que de Valladolid. Algo del 18, por la tarde, Plaza Mayor, en la gran Feria del Libro de la ciudad. Allí estaré, por supuesto. Y claro, está, a mi lado tendré a este detective bilocado, el tal J.
¡Dios le parta un rayo!

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#SpanishTexas #FeriaDelLibro de Madrid. Retiro. 4 de Junio, Sábado, de 11 a 13 horas, caseta 42, LATORRE LITERARIA

J. ensoñaba con los corridos mexicanos, aunque no menos con los pasodobles de Estrellita Castro. Entre lo ambiguo, lo blanco y negro, lo despechado y lo trasatlántico, J. y Estrellita compartían bilocadamente su piso de Vallecas en una especie de «melee» sincopada. Y se cruzaban los lloros y cantos de la coplista con los pensamientos de J., o quizás fueran los de la Jurado, la Piquer o la de cualquiera de las turgentes divas que convivían también en su mente y que no paraba de escuchar. Apenas abría los ojos con aquellos coros, estos se le colaban insidiosos, y como dardos oxidados le recordaban sus trabajos y menesteres detectivescos: que no era un despertar, era un sobresalir un palmito del coloque perenne del el sol y sombra amodorrador.
Estrellita había dicho que «las madres nunca abandonan a sus hijos». Aquello producía unas lágrimas horrorosas en nuestro detective, una suerte de amalgama de vida (la suya) y de abandono, aquella vida que había sido arrojada por la pila del lavabo, y cuesta abajo se le empujaba atragantándose porque que no le dejaba respirar… salvo quizás si medraba por las noches en busca del recogimiento, reposando en bustos y caderas desconocidas y por los clubes de alterne.
Aquella mañana recibió el insistente recado del bufete. Era una reconfirmación. Debiera irse preparando: en una semana, aquel sábado, entre las 11 y las 13 horas, debiera ser guardián y custodio apolíneo de aquel escritorzuelo, ese tal Félix, en La Feria del Libro de Madrid, caseta 42, LATORRE LITERAIA. Aquella Spanish Texas le estaba fastidiando bastante, pues ni siquiera había llegado el día y ya le reclamaban su atención.
Y le habían enviado un perfil disciplinario del gachó. Su mentón prominente le recordaba al de Lenin. ¿No sería la advocación del revolucionario?¿No sería un retorcido retorno a la civilización europea del finado? Se quedó muy preocupado y empezó a pasar las hojas del libro intentado comprender… ¿quién sino, alguien fuera de sus cabales, escribiría semejante dislate sobre la imaginería y la frontera americana? ¿A quiénes salvo a depravados o tartufos habría de interesar?¿Qué fábula debieran incendiar las hojas para precisar el escritor de protección personal?
La sombra de la tal Estrellita se le apareció de nuevo, si bien aquella vez, parecía transformada e iba cubierta de un intenso manto azulón. Sus ojos inmensos le sonrieron, dijo algo en inglés que no supo entender, y hasta pudo parecer que le lanzaba un beso al aire.
―¡Al menos esta mujer creo que me ama!
Y se arrojó a la cama, entre borrachuzo o seminconsciente, con el dichoso Spanish Texas abierto por la portada y su toro de Osborne, pinchándole con sus astas, casi acechando las ingles.

 

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