31 de diciembre de 2050

Se dijo durante mucho tiempo que aquellos que viesen colmada su cuarta década de vida llegarían por fin a ser viejos. Aquello sonaba a maldición y tenía su cierto razonamiento. Freddy Mercury murió con 45 años, aunque todos sabemos de qué forma se las gastaba el genio. Fueron el sida, las drogas, inclusive fueron las armas las que trasegaron la vida a otros muchos músicos. Fue también cosa del desamor y del maltrato, esto último para el caso concreto de Billie Holiday. Gabo imaginaba que sería un trasunto del vivir con harta celeridad, consumir el corazón y exprimirlo sin medida, sacarse las vísceras en el escenario, ser la correa de tracción del tambor de la humanidad. Uno puede decidir ser vaca y pacer con la mirada fofa, deambulando del prado A al prado B, esperando pacientemente la feliz hora del matadero, de la gran desollada; o puede tomar partido y vivir-morir.
Évariste Galois murió realmente joven: a los 20. Este matemático se enredó en un juego de pistolas, un duelo contra el campeón del ejército francés. De nada le valieron sus ecuaciones, las mismas que ahora guían nuestros sistemas de navegación. ¡Jodida ironía! Otro que se fue pronto fue Turing, con 42 años. En este caso la leyenda va mucho más allá: era marica y estaba siendo procesado por ello, como lo fue Oscar Wilde 50 años antes, y fue perseguido con ensañamiento público: y finalmente se suicidó con cianuro, y quiso entenderse que sería por sus devaneos con la industria militar y la criptografía clasificada, pero mientras le denigraban, él escribía el siguiente silogismo:
• Turing cree que las máquinas piensan
• Turing yace con hombres
• Luego las máquinas no piensan
Pero todos sabemos que las máquinas piensan… a su manera.
El 31 de diciembre de 2050 Gabo recibiría dos llamadas: a primera hora fue Sancho, que le espetó una ristra de chistes maleducados y le invitaba a pasar aquella noche juntos, con su familia. Él tenía unos suegros que eran «un puro dolor de ojete», y sus cuñados y sobrinos construían un caldo insoportable. La presencia de Gabo no arreglaría nada, pero quizás pudieran cocinar juntos la cena e intoxicar a aquellos energúmenos sin indulgencia. Gabo escuchaba chasquidos en la línea y de fondo un batiburrillo de voces. Sancho era inmensamente feliz con su gente y sentía la necesidad de compartirlo con el que creía un amigo. Gabo se disculpó amablemente porque él cenaría solo. Cuando llegó la hora desprecintó una pizza, la calentó al microondas y abrió una botella de cerveza. Encendió el equipo e hizo sonar su ópera favorita, Alcina. Fue entonces cuando le llamó Benjamin. Benjamin estaba preocupado. Le dijo que aún quedaba una hora para media noche, que podría pasar a recogerlo, tomar las uvas y que después se emborracharían juntos en cualquier garito, pero que, por favor, no se quedará así otro fin de año más. Gabo le contestó que no se preocupase: que tocaba el momento de añorar a los ausentes, esto lo decía obviamente por su madre, y de esperar amaneciese el puñetero año 2051. Él estaba a punto de cruzar la barrera de los cincuenta y creía que podría sobrevivirlo. Benjamin no supo qué responder y colgó el teléfono un poco asustado.
La madrugada del 1 de enero de 2051 fue desquiciantemente fría. Hubo cencellada y parecía que sus mil aguijones quisieran asesinar a sus pocos viandantes. Si se hubiera desprendido alguno de los carámbanos de los canecillos de la casa de Gabo hubieran taladrado el suelo. Gabo salió a primera hora dispuesto a coger una pulmonía o a terminar su tramo habitual de 10 kilómetros por la sierra.
En la carrera sentía su aliento, su jadeo regurgitando su dolor, expulsado un calor asfixiante que indicaba que seguiría vivo una temporada: las resurrecciones tienen estos menoscabos. Cuando los genios superan los 50 dejan de serlo… y se convierten un poco en sabios.

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El gran regalo de Papá Nöel y de los Reyes Magos – final B

Los niños, sorprendentemente, no rellenan ningún formulario.

Es más, los niños no entendieron nada de aquella carta de Nöel y respondieron al formulario con un gran ¡¡NO!! de vivos colores, explicando que querían en realidad recibir para siempre los regalos de Papá Nöel y de los Reyes; les hacía tanta ilusión decidir qué pedir, escribir aquella carta eligiendo entre las diferentes posibilidades, y luego finalmente enviarla junto a sus padres. Y, claro está, había que esforzarse por merecer aquellos regalos y hasta por compartir un poco con el resto de los amigos. Aquello justamente hacía más valiosa la recompensa.

Los Reyes recibieron una riada de respuestas en este sentido.  Eran todos los niños del mundo. Se avisó con urgencia a Papá Nöel y al elfo. Estaban en la playa, y si bien, alguien de lejos los creyera sonrientes, sus corazoncitos penaban y anhelaban una señal de esperanza. ¡Y fue aquella la mejor que podrían haber recibido nunca! Rápidamente retomaron su trabajo con aquella respuesta unánime de los niños y nunca más lo abandonarían. Se dieron cuenta de lo importante que eran y de que no podían fallar a la humanidad.

 ¿Y qué pasó con los grandes fabricantes? En realidad, nada, porque ellos también tienen sus hijos y comprendieron su equivocación a tiempo, por tratar de malmeter, y que sobre todo la Navidad era un momento importante para cuidar, y desde entonces respetarían el duro trabajo de Papá Nöel y de los Reyes.

Y es que la Navidad no es una mera compra…es más bien un regalo, pues tenemos la oportunidad cada año de recordar y practicar que la generosidad nos hace mejores personas. Y de esta manera en nuestro mundo podrá crecer la felicidad.  

¡FELIZ NAVIDAD!

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El gran regalo de Papá Nöel y de los Reyes Magos – final A

Todos los niños rellenaron los formularios y desde entonces recibieron los regalos directamente.

Aparentemente era una buena elección porque se aseguraban los regalos cada año. No hacía falta ni siquiera portarse bien un ratito.

Así fue, desde entonces que ya no recibirían los regalos aquellas noches mágicas de Navidad y de Reyes, ya no estarían ni al pie del árbol ni escondidos entre los zapatos. Tampoco tendrían que poner una taza de leche ni turrones. Ningún elfo ni nomo se colaría por entre las rendijas de la ventana. Ningún trineo les visitaría. Ahora esperarían todo el día a que sonara el timbre de la puerta… y a que un mensajero en moto les hiciera la entrega.

Entonces los centros comerciales se aprovecharon…y pusieron los regalos mucho más caros que antes. Pronto ya nadie se acordó de Papá Nöel y de los Reyes Magos. La última vez que la gente escuchó algo sobre ellos fue cuando se murieron… muy solos y los periódicos publicaron una pequeña noticia que a nadie le importó. Así fue como la ilusión de la Navidad… se perdió. ¡Eran tan fácil conseguir todo lo que queríamos! Unos años más tarde ya ni tan siquiera la llamaban Navidad: la llamaban Tiempo de Regalos y en realidad eran simples compras, puesto que era más práctico y sencillo pagar (si podíamos) por lo que uno quería… y ya está.

Este final puede que sea bueno para cierta gente… los fabricantes y los vendedores que se hicieron mucho más ricos, y que aparentaban ser más felices y que hasta solían alardear de sus nuevas riquezas porque todo el mundo les envidaba… pero pensad: eran tan pobres de corazón como el resto, ya que el espíritu generoso de los regalos nunca se podrá comprar.

¡FELIZ NAVIDAD!

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El gran regalo de Papá Nöel y de los Reyes Magos

Y sucedió que Nöel, aburrido de recibir cientos y cientos de cartas, todas ellas similares entre sí, copias simples y duplicados de modelo de supermercado sin imaginación alguna… pues…se cansó de la Navidad. Y es que se veía a sí mismo como un simple acarreador de obsequios vacíos, un empaquetador de antojos y de estorbos apilados, y los niños, sin ilusión aparente, le resultaban tan egoístas e interesados, pedigüeños que no hacían sino repetir lo que escuchaban a los mayores: cuanto más caro, mejor.

―Pero la culpa no es de ellos…―le explicaba con dificultad su pequeño elfo mientras gruñía. Y en esto tenía bastante razón.

El elfo era verde y bastante feo y de nombre un tanto particular: Mr. Scrooge.

Nöel era mayor. Salvo el elfo nadie se preocupaba realmente por él. Y el elfo no estaba tampoco para tirar cohetes, ya tenía sus años. Vivían los dos solos, entre los hielos del Ártico. Tenían sus achaques y trabajaban ciertamente muy duro todo el año para preparar aquel interminable almacén de regalos. Por eso y porque estaban siempre muy cansados no paraban de gruñirse el uno al otro, no paraban de envidiar la suerte de los demás:

―Al menos los tres Reyes tendrán más gente que les ayude… los pastorcillos, los pajes… ¡un montón de personas a su alrededor! ―se quejaba Mr. Scrooge cuando recibía el plan de trabajo diario.

―Y viven en un sitio con menos frío y lluvia. ¡Allí en el Oriente sí que hace rico calor! ―le respondía Papá Nöel cabizbajo.

En realidad, la cosa no es que fuera mejor en el cuartel general de los Reyes Magos: hacía tiempo que sus pobladores habían olvidado el verdadero sentido de su trabajo y se comportaban como si fuera una fábrica sin sentimientos: que si las compras, que si el acopio de material para los juguetes, que si la eficiencia en los trabajos de la preparación navideña. Nadie podría quejarse, siempre cada año mejoraban los tiempos, el número de regalos de las cartas entregadas, la precisión de las operaciones en la Noche de Reyes. El trabajo había sido cuidadosamente dividido entre todos… pero finalmente… a nadie le importaba, nadie se preguntaba para qué estaban allí. Y todo el mundo trabajaba triste y meditabundo, esperando haber finalizado su trabajo y descansar un poco.

Y un buen día, la noche previa a la gran noche de Navidad, un viejo elfo verde se presentó en su cuartel: era Mr. Scrooge, en bermudas y maleta de viaje en mano, prácticamente oculto por una gran tabla de surf, que traía un mensaje de Nöel; se lo entregó, y tal silenciosamente como vino, desapareció. Decía la misiva así: “Lo dejo. No lo soporto. En nuestro almacén están los regalos listos delos niños de este año. He pensado que ya no somos necesarios y que bien pensado vosotros podéis entregarlos en vuestro día. Mi elfo y yo nos tomamos la Navidad libre. Nos vamos a la playa. Si queréis, el año que viene os relevamos”.

A pesar de lo terrible del mensaje por lo que significaba abandonar tanta responsabilidad, la propuesta tenía sus claras ventajas: si se turnaban solo deberían trabajar la mitad del tiempo. Pensaban apenados los Reyes que a nadie le importaba quién finalmente le llevara los regalos a los niños. Por lo menos trabajarían un año y descansarían el siguiente. Aquel periodo de ocio lo podrían dedicar a viajar, a hacer fiestas o sencillamente a vaguear. Ya todos se imaginaban la nueva forma de vida… y que, aunque fuera por un tiempo, se librarían de todo aquel esfuerzo esclavo de entregar los regalos de Navidad.

Aquella noche de Navidad fue la primera en siglos que nadie recibiese nada. Únicamente llegó una breve carta a los niños, una carta escrita y firmada por Papá Nöel, en tono administrativo y formal, pidiendo disculpas y justificando las nuevas condiciones de entrega de los juguetes. Aquel primer año los Reyes se ocuparían de todo y en lo sucesivo se irían turnándose con Papá Nöel… Aunque aquella carta contenía algo más… los fabricantes, que vieron peligrar su negocio, tramaron un golpe de efecto… la carta se acompañaba con el logotipo de muchas marcas de enormes centros comerciales e incorporaba un formulario para que los niños lo firmaran, adjuntasen un número de tarjeta de crédito y comenzasen a solicitarlos regalos directamente… comprándolos. ¿Por qué en el fondo qué valor aportaban aquella panda de haraganes que ya no querían hacer su trabajo y repartir los juguetes? ¿Nos podríamos realmente fiar de ellos en un futuro?

Los fabricantes se frotaron las manos: ahora las Navidades serían finalmente ¡todas suyas!, ya nada importaban aquellos tristes de Nöel y Reyes Magos. Se habían dejado comer el pastel.

¿Y qué pasó entonces?

¡Es ahora tú momento! Elige cómo continúa la historia y después vota por el final que más te guste.


A – Todos los niños rellenaron los formularios y desde entonces recibieron los regalos directamente

B – Los niños, sorprendentemente, no rellenan ningún formulario

 

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El español salvaje de Spanish Texas mañana en Alcalá de Henarés en @Notthillbook

A J. le gustaba pasear de vez en cuando con este Félix, le parecía un tipo un tanto particular, un escritorzuelo ingenioso de gran corazón, aunque quizás pelín pedante. Creo que aquel sentimiento de amistad era recíproco, con sus altibajos, claro está. No era que J. fuera un vago o un putero en sentido estricto; no era que se quedará prendido entre las faldas o el sujetador de la camarera en todo momento; tampoco que en sus eternos paseos hablarán de grandes temas, fundamentalmente guardaban silencio. J. se consideraba un esteta, un filósofo del sol y sombra abocado a perseguir fulanas y familias desestructuradas.
En aquella ocasión y para aquel encuentro habían escogido Alcalá de Henares. De noche aquella ciudad vuela. ¡No será por las cigüeñas, que por entonces duermen!, se bromeaban y era la excusa para que Félix le explicará a J. sus desesperaciones: aquello de escribir es casi como un deporte de lucha, un chute metódico, un sueño y un puñetero paraíso.
―¡Te lo tomas demasiado en serio!
Era un buen consejo. Pasaron por el palacio del Arzobispado y llegaron a la plaza de los Santos Niños y a la Catedral Magistral.
J. señalaba los edificios y explicaba las pasiones, los duelos y las muertes y vicios inconfesables de las gentes que allí vivieron. Todo había quedado impregnado.
Después buscaron una librería. Justamente había una cerquita, se llamaba Notting Hill.
―Lo mejor por el momento está aquí ―y señalaba a los libros que se apilaban en las estanterías―, pero lo siguiente sigue estando allí ―y señalaba la cabeza calva de Félix con ironía.

Cuándo: 22 de Septiembre, sábado
Dónde: Notthing Hill Bookshop. Plaza Santos Niños, 5, 28802 Alcalá de Henares, Madrid

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Presentación de Spanish Texas en #AlcaládeHenares @Notthillbook

¡Compañeros y amigos todos!¡detectives en paro, viajeros y curiosos, ocupados lectores e inapetentes famosos! Sabed que en la hermosa Villa de Alcalá, Patrimonio de la Humanidad por su cultura, su historia y sobre todo las buenas gentes, este próximo sábado 22 de Septiembre, a las 19.30 horas tenéis una urgente cita con J., mi borrachuzo y bilocado detective. Allí os espera para explicaros qué sucedió en realidad con Laura Buendia, a la sazón historiadora de este periodo que algunos osan llamar Spanish Texas. Creo que nos espera una sesión de intriga, humor y quizás despiporre. ¡Id armados y predispuestos!¡No os olvidéis de los niños, los perros y la suegra!

Cuándo: 22 de Septiembre, sábado
Dónde: Notthing Hill Bookshop. Plaza Santos Niños, 5, 28802 Alcalá de Henares, Madrid
Sinópsis:

Laura Buendía es guionista de Spanish Texas, un documental que describe el periodo de tres cientos años durante los cuales Texas estuvo bajo soberanía española. Laura muere aparentemente en un desafortunado accidente y J., alucinado detective de serie negra, deberá elaborar un sencillo informe… que sin embargo desembocará por derroteros inesperados y que dará pie a una fascinante aventura que cruza el Atlántico. Borrachuzo y de seguro perdedor, J. solo tiene a su favor para realizar esta investigación una singular arma conocida por bilocación: sor María de Ágreda ya la utilizaría en el s. XVII y pudo así ser vista en Texas y Castilla a un mismo tiempo. Sueño o estupidez, mediante dichas bilocaciones seremos espectadores de una conspiración inquietante que busca cambiar el designio de mundos conectados.
Estos misterios hacen de Spanish Texas una novela de fronteras: a medio camino de lo policiaco y de lo histórico, de lo procaz y de lo descreído, y en suma, de lo americano y de lo español. Su lectura habla de sociedades en tránsito, poderosas por aquello que comparten y unen, más que por lo que las separa.

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These Exit Times (Thank you for not breeding)

Benjamin escribió:
«Para quien no lo entienda aún… la vida brota por cualquier esquina, por los rincones más oscuros e inhóspitos de nuestro hogar, por ejemplo, cuando no barres y nacen las arañas, o cuando las hormigas o las cucarachas se desplazan por las cañerías y nos despiertan por la noche porque no supimos exterminarlas. Por eso, los que han ido a Marte nos han traído un gran regalo… ¡la oportunidad de comprender que no somos el ombligo del universo!».
Como pro-marciano convencido pensaba que la vida en la tierra era un don. Porque Benjamin era un panteísta y hacía tiempo que había cerrado su corazón al Dios cristiano… tras las setenta veces siete llaves de la peor condena: la rendición de la fe. Si el hombre fue creado en el último día… ¡qué demonios hubiera sucedido si se hubieran olvidado de él! ¿No sería éste un planeta mucho mejor? ¿No seguiría viviendo en el mismo vergel?
Había entrevistado sobre este punto a gente muy particular y de concepción radical en su posicionamiento de especie: aunque especialmente resultó un tal gurú del VHEMT, siglas del Movimiento por la Extinción Humana Voluntaria o en inglés, Voluntary Human Extinction Movement. Aquello visto por encima y por cualquiera parecía un despropósito. Dejarse extinguir, dar un paso por delante del destino. Su fundador fue Les U. Knight, nacido en Oregón opinaba que la mayoría de los peligros enfrentados por el planeta giraban en torno a la superpoblación. Por eso comenzó a publicar en los años noventa del pasado siglo un singular boletín que llamó «These Exit Times» y que popularizó entre sus seguidores el grito de «Thank you for not breeding».
El tipo del VHEMT en la entrevista de Benjamin le decía:
―No somos una organización política, solo somos un movimiento de ciudadanos preocupados por el planeta, una filosofía. No tenemos líder. No somos unos frikies maltusianos. La raza humana es un parásito que destruye todo. Nuestra concepción de alternativa sostenible es bien simple: sobramos nosotros… mejor que el resto de las especies. Para contrarrestar los miles de extinciones recurrimos a la nuestra, a la humana. Y para ello… nos negamos a reproducirnos. Así de fácil.
Y el tipo hablaba muy en serio: es más, aquellas siglas de su movimiento pronunciadas en inglés significaban «vehemencia», lo cual confirmaba una intensidad dolorosa, a su parecer responsable de su concepción existencial. Vestía de manera muy simple: una camiseta de mangas cortas, blanca, y de algodón que seguramente fuese de agricultura ecológica, con un inmenso logo de la tierra y encima el consabido eslogan que instaba a dejar de procrear de forma inmediata. No llevaba ningún adorno corporal y su mejor arma era una mirada despejada, incisiva, inteligente y sus palabras, las que pronunciaba lentamente, regurgitándolas de la garganta y seguramente de las entrañas.
Luego se marcaba el símbolo de la victoria y soltaba su eslogan: «May we live long and die out» aunque apostillaba que muchos seguidores no estaban de acuerdo completamente con él. Escuchado el discurso de sopetón ponía los pelos de punta a Benjamin. Recibió muchos comentarios online sobre el asunto: aquello en era un filón y lo cierto era que no dejaba impasible a la audiencia. ¡Había que explotarlo! Era, para comenzar, absolutamente antinatural. Violaba cualquier precepto darwinista y muchos pensaban que hasta rozaría el mal gusto. El partidario del VHEMT se ofrecía a contestar cualquier pregunta que se le hiciera:
―¿Qué opinaba de la eutanasia? ¿Y de la castración química?
―¿Qué opinaban de las familias numerosas y de la moral cristiana y de eso que Dios había dicho de «creced y multiplicaos»
Otros eran más mundanales:
―¿Se había hecho la vasectomía o simplemente había escogido el camino de la contención, de la castidad?¿Tenía pareja?¿Follaban a menudo?
―¿Era vegano?
Luego Benjamin realizó la siguiente reflexión y lanzó la cuestión: hizo un recuento de sus familiares y de los familiares de sus amigos más cercanos e intentó contabilizar los hijos, los sobrinos… pero no le llegaban a la media docena; vale que sus abuelos fundaron fecundas familias… aunque ahora… existía un poderoso deterioro… y las nuevas eran una sucesión pírrica de relaciones infecundas… una manada de solteros y desparejados que mostraban que la extirpe occidental caminaba a la extinción… como si aquel VHEMT hubiera contaminado su ideario entre los occidentales. Alguien entonces realizó un comentario en este sentido. Benjamin le dio pasó para retransmitir su voz, una voz grave y angustiosa de varón:
―No me he casado. Mi salario es una basura. Vivo en casa de mis padres. Aunque lo poco que tengo me lo puedo gastar en mí. No me siento capaz de mantener una familia, es muy caro, no puedo comprometerme. No pienso en el futuro, solo puedo pensar en mi maquillaje, en mi moda, en mis gadgets, en salir cuando puedo…
―¿Diría que es feliz? ―preguntó el activista de VHEMT casi merendándose el micrófono y con una mirada ácida
―Por lo menos tengo trabajo. Mis amigos… ni eso.
Benjamin concluía su programa así: «El hombre, este ser superior que dominó la naturaleza, el que había bajado del árbol hace 2 o 3 millones de años, el que inventó el fuego y migró abandonando África y colonizó hasta el Ártico… el que se reproduce hasta la extenuación… el que consume los recursos y los agota… aunque también… el que desaparece»

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El gran silencio

Fermi hablaría de la ingente cantidad de civilizaciones que nos escuchan en el espacio.
Aun así, a pesar del proyecto SETI, de la ecuación de Drake y de cualesquiera de los esfuerzos organizados por escuchar a nuestros vecinos… no había nadie. Ninguna estructura de ingeniería extraterrestre había sido encontrada. Nada. Ningún buque fantasma, atravesando las estrellas. Es el gran silencio. Muchos se afanan en hallar huellas de inteligencia allá fuera, y muchos filo-alienígenas montarán sectas, congresos pseudocientíficos, inundarán nuestros sueños con sus panfletos, harán lo que sea por convencernos, por hacernos ver sus tentáculos verdes, sus ojos inmensos y sus corpachones protegidos por corazas y respiradores. Dicen que cuando Neil Armstrong llegó a la luna se encontró con todo un chiringuito de tubos y estructuras metálicas. Los marcianos tomaban cubalibres o ron y meneaban una bandera roja como la sangre con la hoz y el martillo tatuadas… pero ahora, en serio, quizás allí hubiera una completa base soviética en explotación… pero no había ni rastro de vida ajena a nuestro planeta. Ni la más simple célula.
¿Estamos solos en el universo?¿Somos una excepción irremplazable?¿Una maravilla irreplicable?¿Estamos abocados a extinguirnos si tan siquiera cometiésemos un error y dislocásemos nuestro frágil mundo? Los cristianos dicen que Dios fabricó al hombre en el séptimo día. Los griegos decían que la humanidad fue creada con una mezcla de las cenizas de los titanes y el cuerpo de Dionisio, y por lo tanto existió una chispa divina. Quizás todo se explique por el famoso «chisporrotazo», la creación de Adán, aquella maravilla de la Capilla Sixtina, imaginada por Miguel Angel. Veámoslo:


La creación de Adán

Aquí Dios asume el papel y nos hace realidad. ¿Fue así de simple?
Pero si no hubiera nada más, quiero decir, si todo fueran excusas y justificaciones, y solo hubiera nuestro conglomerado de genes, de moléculas autoorganizadas, impulsadas por alguna ley química de afinidad, y gracias a un feliz acierto en el tiempo o de alguna coincidencia… si somos lo que somos porque el azar no quiso más… si duraremos lo que permanezca nuestra pequeña capsulilla orbitando en órbita alrededor del sol… Si somos excepción desaforada…
Dicen que nuestra vida es un breve fogonazo entre dos perennes oscuridades.
Temo que sea así; aunque a veces siento todo lo contrario. Si me esperase algún tipo de vida eterna, y quizás si exista algún tipo de entidad para enjuiciar mi vida… espero que no sea displicente, que no se severa. Que comprenda mis debilidades. Porque de lo contrario, tomaré mi bonita mochila espacial y buscaré sin tregua otro lugar donde se me quiera.
Y prometo que lo encontraré.

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Los banqueros y la crisis de productividad del 2020 #elmundoen2051

Los banqueros no entendieron el porqué, no comprendieron que la productividad descendiera tan pronunciadamente y sin tregua entre los años 2020 y 2050, aunque la explicación más tarde fue bien fácil para todos: las máquinas comenzaron a hacer casi todo… y los hombres… se veían arramblados en los trabajos de menor valor. No hubo desempleo, se llamó «inempleabilidad», que quiere decir, que muchos grupos de población nunca podrían conseguir una razón de subsistencia. Era más barato que no hicieran nada, salvo consumir.
Es lo que tienen las tecnologías exponenciales. Solo las máquinas pueden controlar a las máquinas. Solo unos pocos las conoces o cabalgan a sus lomos. Grupos aislacionistas pensaron que “being offline” sería una cura… y fueron los primeros en desaparecer. Muchos en manos de cada vez menos, no siempre los más talentosos, y más, cuando las interfaces eran tan sencillas de gestionar.
Todo vino de antes. A finales del s. XX la gente concebía la tecnología como una panacea, un maná, un camino de oro al cual adherir los sueños de la humanidad. Antropológicamente optimistas, soñadores de máquinas que harían siempre más y siempre más, y una humanidad ociosa, replegada al relajo, a la contemplación de la belleza y su brevedad; fueron aquellas preciosas décadas para los occidentales, las décadas del capitalismo galopante, el atroz despliegue de las factorías y de la automatización rampante. La informática era un dios, qué digo, ¡un Dios con mayúscula!, y la conectividad global se entendía como el mayor exponente de la prosperidad humana. Nadie antes había podido llegar antes a dichos lugares, porque la voz y luego el vídeo nos lo enseñaron todo…
Iríamos a la luna, viajaríamos y colonizaríamos otros planetas, llevaríamos teléfonos en nuestras pulseras y cubriríamos las ciudades de pantallas fosforescentes. Nadie pasaría hambre… porque aquel nuevo señor electrónico nos permitía consumir todo lo inimaginable, seríamos todos completamente ricos y lo fundamental…, sanos y felices, trabajando cada vez menos… y sorteando los peligros de nuestras vidas gracias a la mayor falacia de libertad jamás pronunciada y autocomprada por un grupo humano en los 5.000 años de civilización.
Como se vio más tarde, todo aquel sueño se derrumbó en una ominosa pesadilla.

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