El patrullero y su Banda Navideña #FelizNavidad2017 #LasNavidadessonporloquesecomparte

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Sé que muchos buscarán sentido a mi historia. Sea para ellos, para que alimenten la esperanza en esta Navidad. Para el resto, decirles a su favor, que no puedo demostrar nada. Que no guardo prueba, salvo la de mis recuerdos y la de mi frágil memoria, y que de seguro errarán en sus detalles. Pero que esto que ahora les cuento lo viví, créanme, tal cual lo cuento. Y que si es mi imaginación la que les engaña, pues lo hace sin malicia: y sean estas palabras inocentes.

Decirles cual es mi oficio: el de patrullero. Recién licenciado de la escuela de agentes, había sido asignado a este destino. Y que aquella noche tendría una de mis primeras rondas, aún a pesar de ser la víspera de Navidad. Y no patrullaba por las calles céntricas y hermosas, repletas de colorines, lucecitas y árboles en los centros de las plazas. Pues lo mío serían los extrarradios, las barriadas y los despoblados donde la gente humilde habita. Mi compañero de patrulla solía decirme que no me preocupara, que peores negocios se hacían en el centro y que era más sencillo velar el sueño y la seguridad de todos aquellos ciudadanos de nuestra ronda. Y como soy persona cumplidora, así lo entendí y así lo hacía con ilusión. Sin embargo, aquella fría noche de Nochebuena, dispuesto a realizar el servicio, me sentí especialmente solo y desvalido. Y mi compañero, nada más arrancar y tras pimplarse su habitual bolsa de nachos, se quedaría profundamente dormido: masculló algo que entendí como «Feliz Navidad, amigo, ahorita no me moleste», y comenzó a roncar más alto que la bronca bocina de nuestro auto de patrulla.

Las primeras horas fueron aburridas y no sucedió nada en particular, salvo quizás algún perraco al que casi atropello en un descuido. Finalmente, hastiado, me detuve, dejé a mi compañero siempre dormido, guardando con su siesta el auto, y entré un instante en una cafetería a tomarme un chocolate. Mientras removía los posos del vaso, una extraña visión captó mi atención. A través de la vidriera, y a lo lejos, un hombrecillo disfrazado de Papá Noel trataba de escalar una tapia y de entrar en una casa. Portaba un saco inmenso de tela, casi tan enorme como él, que con extrema dificultad arrastraba consigo. Me froté los ojos. Estaba solo en el local y el camarero había entrado un instante al almacén. Nadie más pudo verlo. Continué mirando y me sonreí. El hombre, que había conseguido llegar a lo alto del muro, se colocó a horcajadas, y cuando estaba a punto de alcanzar un canalón para ascender a la vivienda, resbaló, perdió el equilibrio. Cayó, y debió ser un fuerte golpe, puesto que no se levantó ni se movió. Asustado, salí inmediatamente del local, crucé la calle y fui a su encuentro. Al llegar, seguía todavía en el suelo, inconsciente, tumbado en el suelo, si bien, por fortuna, nada grave le había sucedido, salvo por alguna magulladura. Le intenté despertar. Di aviso a la emisora y mientras llegaban, el tipo abrió un ojo y luego otro. Los tenía, creía ver por la escasa luz, azules, muy hermosos, casi como dos lunas. Comenzó a hablarme en un idioma que no entendí, aunque evidentemente yo sabía a que se refería, pues estaba perfectamente entrenado para estas situaciones: porque prudentemente lo había inmovilizado con las esposas, en previsión de una agresión. Yo me sonreí, malicioso, y comencé a hablarle como si me entendiera:

―¡Menudo trajecito has escogido!¡Y menuda noche para ir a molestarnos!

Luego miré dentro del saco, y vi la gran cantidad de juguetes y notas con nombres y direcciones.

―Veo que ya has hecho de las tuyas. Te debería dar vergüenza, robar a esta pobre gente los regalos que con tanto esfuerzo han conseguido para sus hijos.

El hombre me miraba e intentaba justificarse y señalaba sus manos.

―Deberías haberte descalabrado ―insistí, recriminándole su vil acción

Estaba malhumorado y quizás, en mi enfurruñamiento se me ocurrió una gran idea, una brillante idea para una noche como esta. En la academia me hablaron de fechorías y las habíamos estudiado de mil tipos. Pero siempre había un límite: ¡y aquello lo superaba a ojos vistas! Inconscientemente volví a llamar por la emisora y anulé los refuerzos. Expliqué que había sido una falsa alarma.

―¿Sabes lo que te digo?… que hoy vamos a hacer tú y yo una buena acción navideña.

Ayudé a levantarse al tipo, que a la luz de la farola aparentó ser mucho más viejo y gordo de lo que me había parecido inicialmente; era un vulgar ladronzuelo.

―¿Pero es que no tienes nietos?¿Cómo le da a tipos como tú por destrozar ilusiones de los infantes? ¡Entrar en todas las casas de un vecindario y robarlos! ¡Vamos!

Los dos juntos ofrecíamos un espectáculo lamentable. Imaginen, un patrullero, casi estrenando su uniforme, al lado de un falso Papá Noel, con su viejo traje raído de pega.

Entramos un segundo al bar y le pedí un café. Dije:

― ¡Rápido! Aquí nuestro amigo tiene trabajo que hacer.

El camarero burlonamente se río de nosotros y con la mano señaló otra vez fuera. Giré la cabeza y entonces vi a tres tipejos muy feos y más bien bajitos que nos miraban, y mientras, pegaban saltitos e intentaban auparse. Al darse cuenta de que les habíamos descubierto intentaron disimular. Le dije al camarero que vigilara al Papá Noel un instante y salí fuera. Cuál fue mi sorpresa cuando descubrí que los tres secuaces eran realmente pequeños, apenas me llegarían a la cintura y tenían pelo poblado y largas narices retorcidas. Llevaban unos disfraces verdes cubiertos de una suave lana, similar al traje del falso Papá Noel. Tenían gorros verdes, rematados en bolas blancas. Se pusieron a hablarme muy rápidamente y a señalar a otros sacos que portaban con más mercancía robada. No se les entendía nada, pero yo ya lo tenía claro: Lo que faltaba, saqué mi revolver reglamentario y les apunté. ¡Había descubierto a una banda entera de malhechores navideños!

El camarero, entre risas y frases guasonas, que yo reprendí rápidamente con responsabilidad, me sacó al fraude de Papá Noel y lo alinee junto a los tres diminutos amagos de duendes. Les solté una charla impresionante, siempre he pensado que esta gente hace estas cosas terribles sin entender el daño que causan. Al concluir, orgulloso, les hice recoger los sacos y detrás suyo, comenzamos el reparto.

Así fuimos casa por casa del vecindario, a devolver los regalos que ellos antes habían robado. Pensé, que dadas las horas, y para no crear disturbios de orden público al asustar a sus moradores, tendríamos que dar una plácida imagen navideña, y mediante gestos les expliqué a estos malandrines cómo deberían comportarse en las sucesivas visitas. Inclusive les enseñé a tararear y a acompañarme con una deliciosa imitación de Jingle Bells. A mi parecer, estábamos preparados para devolver toda la ilusión navideña a estos desconsolados vecinos del barrio.

Como digo, fuimos casa por casa. No faltó ninguna. Llamábamos, y dada la hora, salía el padre asustando y velozmente, y previa identificación de mi oficio de patrullero, procedíamos a entregarles sus regalos, tras filiar a sus hijos. Los niños de la casa miraban por la ventana, por entre las cortinas, se reían abrazados a la madre, y no paraban de señalarnos y saludarnos o lanzarnos besitos. Imagino que les impresionaba mi placa, y sobre todo como manejaba y organizaba a todo un grupo de desalmados.

En una de estas viviendas salió un pequeñajo a las escaleras a recibirnos. Me asusté, pero me ignoró, y se dirigió directo al Papá Noel, y sorpresivamente le propinó un fuerte tirón a las barbas postizas. Por suerte y misteriosamente, el desalmado las debía llevar bien sujetas, pues no se cayeron. El viejo no se inmutó y hasta sonrió alegremente al niño. ¡Qué raro!

Pero les juro que salvo algún incidente como este, fue una gran noche. Todos los niños recuperaron sus regalos. ¡Todos!¡No faltó ninguno!

Al llegar el amanecer, y habiendo repartido todos los sacos con los regalos robados, di por concluida la misión. Nos juntamos en un jardincillo y repetí mi soflama, a los que ya, en cierta medida, consideraba mi pequeña Patrulla Navideña. Ellos me miraban con la misma cara de sorpresa de un principio y hablaban entre ellos, preguntándose no sé qué, sin yo entender palabra. No importaba su aparente falta de estilo navideño porque yo sabía que algo había transformado en sus corazones. Porque ser bondadoso los agranda. Y que aunque feos y bajitos, hoy serían un poco mejor que antes. Me despedí, recordándoles lo importante que es cumplir siempre con la ley. Y quedaron allí, en el jardín, montando en lo que parecía un extraño carro tirado por mulas con cuernos postizos. ¡Oh, Díos mío!¡Esos tipos son imposibles, espero que no lo hubieran robado a mis espaldas!

Fueron tiempos extraños pero emocionantes. Yo era muy joven y no creía en esas tonterías de Papá Noel y los Reyes Magos, y ahora me doy cuenta de que es mentira todo lo que antes pensaba.

Al regresar al coche patrulla, realmente estaba de excelente humor. Amanecía un precioso día de Navidad. Mi compañero se comenzó a desperezar y alagó lo bien que había conducido. Sonrío y echo mano a una nueva bolsa de nachos. No había sentido nada de nada, ningún frenazo, ni quiera el ruido del motor. Me hice el despistado y evidentemente no le conté lo sucedido. Porque esta es una aventurilla entre ustedes y yo.

Era ya momento de retornar a la Central y ceder el turno al siguiente patrullero. Tendría tiempo aún de pasar por una churrería y coger algún chocolate con porras, y despertar a mi amada familia.

Había nacido el Señor, y era momento de celebrarlo en Navidad.

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El manporrero de la España cañí (2) #polítificción #mitinveraniego

Cuando llegó el verano todos decidimos ponernos a cubierto y desaparecer de la primera plana de la actualidad. No obstante nos seguían requiriendo en algunos pueblos mesetarios a los que con diligencia respondíamos con un no, prudente, reflexivo, alegando la necesidad del descanso para nuestro candidato. Y sin embargo, por motivos que no comprendemos aún, recibimos el requerimiento desde la Dirección General de confirmar nuestra presencia en uno de ellos. Ni el mejor relacionado ni el más grande, solo un pueblecito de la sierra lindero a Segovia. Pensé que quizás quisieran los de la central hacer amor patrio o algo así. Si bien el calor tórrido de aquella tarde del mitin nos asfixió, aquella solanera perpetúa, pese a los pocos, casi diría, que nulos asistentes que aparecieron, el «candidato» se presentó, encorbatado hasta las trancas, y el discurso bien aprendido.
Menos mal que aún nos quedaba la prensa. El truco era ese, y por eso, antes de cualquier cosa me fui a tomarme unos piscolabis con el delegado de la agencia de noticias, que a bien había querido asistir… era más… quería hasta una entrevista “life”.
El candidato estaba pletórico, eso sí, un poquitín resudado. Temí le estallara aquella vena azul que le cruza la calva y que se le hincha en los momentos de mayor entrega de sus mítines.
Y allí estábamos, no llegaríamos ni quince, escuchando sus palabras, como pequeña prole que recibe la amonestación eterna o la cornucopia dorada de la justicia. Qué bien nos lo pasamos. Conectaron con la cadena local en directo y supimos simular con grititos y clamores y hasta parecíamos muchos más o al menos dimos la impresión de ser tipos muy entregados. Los temas tratados, tengo que decirles que ya no les recuerdos, ni falta que hace. Yo por aquel entonces iba pensando en la piscina y en el chapuzón que me iba a esperar después: la terracita y los pinchos, y mal que me pese la concejala de cultura que estaba aún potable y quién sabe hasta cuándo y cómo terminaríamos aquella noche de verano.

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Corrido transtronterizo de J. y su #SpanishTexas bilocado #canciónparalaferiadellibrodeValladolid @AyuntamientoVLL

J. cantaba borrachuzo, con la sor bilocada (era María de Agreda) colgada a las espaldas:

Si me voy a Texas, dejad que antes me muera en los llanos de Castilla,
dejad que mis ojos azules descansen en los palmitos de Urueña,
dejad que mi corazón se parta o se divida, o se multiplique mesetariamente,
dejad que sea un embajador de la España transoceánica.

Y si me voy a Texas,
quiero aterrizar en Houston o en San Antonio,
quiero abrazar a mis hermanos y si queda todavía tiempo,
visitar los cielos limpios de Corpus Christi para dejarme morir ,
si no agusto, liberado,
que tanto dolor ya no me espanta
que no puedo dormir de noche separado por su amor.

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#SpanishTexas se va de farra a la #feriadelibroValladolid @AyuntamientoVLL día 18 por la tarde

El día que J. aceptó ser detective delegaría su destino al designio del sol y sombra. Relegó sus sueños al rincón pútrido de las esquinas que nunca barreremos, con sus arañas depredadoras, sus cucarachas macilentas y todos estos bichos que odiamos y amamos en nuestra casa… pero que estorban.
Aunque J. era mucho más que todo eso, y si bien mirado era un tontorrón, un obseso perseguidor de mujeres (en la distancia), un vil pajillero que había trabajado intensamente para arruinar su vida. Y en la relación anterior de adjetivos debo incorporar lo siguiente: era también un vago.
Con todo lo anterior, digo, que no debamos esperar mucho de él. Al menos esto me contaron. Y cuando la editora me llamó y me dijo que un bufete de la Gran Vía me estaba pagado un guardaespaldas, al principio tuve miedo y luego sorpresa y luego cuando lo vi me indigné y pensé que mala suerte tenía, y que «este tío es un cerdo pero que muy cerdo».
Y J. estaba allí, como un pánfilo, en la caseta, mirando qué sé yo. Vestía todo de negro si bien a fuerza de lavadas la camisa se desteñía. Estaba sentado en una silla, en la jodida silla donde iba a estar sentado yo firmando minutos después. Le sonreí y me presenté. Ni me prestó atención, miraba las colecciones de cine, o quizás fuera una novela de Thomas Mann y luego supe que tan solo leía a Jim Thompson, a lo sumo poemas sueltos de Panero. Luchaba de esta forma, leyendo a los grandes fornicadores, por sobrevivir, y salvar, algo de sí mismo, lo que fuera.
Luego tomó mi Spanish Texas de la mano, leyó su contraportada, abrió una hoja cualquiera y después de releerla me preguntó que por qué querían matarme. Por suerte subieron en aquel momento la persiana de la caseta, y la larguísima cola me obligó a carraspear con fuerza a J. exigiendo abandonara aquel sitio, pues era mi lugar. Finalmente le aparté de un codazo y no pude sino ponerme a firmar. Él se quedó a mi lado custodiándome, con la mano metida en el bolso, en lo que parecía era la pipa. Misteriosamente nadie preguntaba por él. Mis lectores se aproximaban, esperaban su turno y charlábamos, siempre ignorándole. He pensado después si fuera una alucinación de mi memoria.
Hoy me volvió a llamar el editor y me dijo no sé que de Valladolid. Algo del 18, por la tarde, Plaza Mayor, en la gran Feria del Libro de la ciudad. Allí estaré, por supuesto. Y claro, está, a mi lado tendré a este detective bilocado, el tal J.
¡Dios le parta un rayo!

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#SpanishTexas #FeriaDelLibro de Madrid. Retiro. 4 de Junio, Sábado, de 11 a 13 horas, caseta 42, LATORRE LITERARIA

J. ensoñaba con los corridos mexicanos, aunque no menos con los pasodobles de Estrellita Castro. Entre lo ambiguo, lo blanco y negro, lo despechado y lo trasatlántico, J. y Estrellita compartían bilocadamente su piso de Vallecas en una especie de «melee» sincopada. Y se cruzaban los lloros y cantos de la coplista con los pensamientos de J., o quizás fueran los de la Jurado, la Piquer o la de cualquiera de las turgentes divas que convivían también en su mente y que no paraba de escuchar. Apenas abría los ojos con aquellos coros, estos se le colaban insidiosos, y como dardos oxidados le recordaban sus trabajos y menesteres detectivescos: que no era un despertar, era un sobresalir un palmito del coloque perenne del el sol y sombra amodorrador.
Estrellita había dicho que «las madres nunca abandonan a sus hijos». Aquello producía unas lágrimas horrorosas en nuestro detective, una suerte de amalgama de vida (la suya) y de abandono, aquella vida que había sido arrojada por la pila del lavabo, y cuesta abajo se le empujaba atragantándose porque que no le dejaba respirar… salvo quizás si medraba por las noches en busca del recogimiento, reposando en bustos y caderas desconocidas y por los clubes de alterne.
Aquella mañana recibió el insistente recado del bufete. Era una reconfirmación. Debiera irse preparando: en una semana, aquel sábado, entre las 11 y las 13 horas, debiera ser guardián y custodio apolíneo de aquel escritorzuelo, ese tal Félix, en La Feria del Libro de Madrid, caseta 42, LATORRE LITERAIA. Aquella Spanish Texas le estaba fastidiando bastante, pues ni siquiera había llegado el día y ya le reclamaban su atención.
Y le habían enviado un perfil disciplinario del gachó. Su mentón prominente le recordaba al de Lenin. ¿No sería la advocación del revolucionario?¿No sería un retorcido retorno a la civilización europea del finado? Se quedó muy preocupado y empezó a pasar las hojas del libro intentado comprender… ¿quién sino, alguien fuera de sus cabales, escribiría semejante dislate sobre la imaginería y la frontera americana? ¿A quiénes salvo a depravados o tartufos habría de interesar?¿Qué fábula debieran incendiar las hojas para precisar el escritor de protección personal?
La sombra de la tal Estrellita se le apareció de nuevo, si bien aquella vez, parecía transformada e iba cubierta de un intenso manto azulón. Sus ojos inmensos le sonrieron, dijo algo en inglés que no supo entender, y hasta pudo parecer que le lanzaba un beso al aire.
―¡Al menos esta mujer creo que me ama!
Y se arrojó a la cama, entre borrachuzo o seminconsciente, con el dichoso Spanish Texas abierto por la portada y su toro de Osborne, pinchándole con sus astas, casi acechando las ingles.

 

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Firma de #SpanishTexas en la Feria del Libro de Madrid. Retiro. Día 4, Sábado, de 11 a 13 horas, caseta 42, LATORRE LITERARIA

J. tenía por costumbre pasearse entre las callejuelas del centro de Madrid. En realidad se dedicaba a la caza furtiva de infidelidades o a cualquiera de los embustes de malandrín que buenamente le encargaba el bufete donde trabajaba. Perseguía así a las parejitas abrazadas o sobándose, apoyadas contra los portalones de la Gran Vía. Pronto aprendió que era más fácil usar el móvil para retratar aquellos tímidos momentos y fue que abandonó su vieja cámara de carrete. Por desgracia todo fue a peor, cuando mezclaba e intercambiaba los rostros de sus perseguidos, y fue que inventaría una señera epopeya de conspiración e infidelidades barajadas y ficticias, mezclando sin orden ni sentido los retratos de las parejas que espiaba. En suma, fue todo un lío.
Finalmente el bufete le avisó para que detuviera sus casos, y lo más importante, que no siguiera con aquel modus operandi. Tenían una riada de quejas. Y J., en su descargo, les habló de aquellas profundas ensoñaciones que lo dominaban (en realidad, cuajadas melopeas y bilocaciones del alma) y él mismo les sugirió que debería hacer algo mucho más simple, lerdo, y por supuesto, sin salsa ni valor. Lo decía mientras meneaba, casi desarmado, el sol y sombra frente a las narices de su contacto en el bufete.
―¿Entonces quieres ser guardia jurado?
―¡joder, por supuesto!¡Eso es!
―Mira, tenemos un trabajo bastante interesante en dos semanas: un tipejo insulso y ridículo a quien debes custodiar
―¿Un tío importante?
―¡Para nada! Un tipejo calvo a quien la embajada nos ha pedido explícitamente le protejamos
―¡Mmmm! ―se rascó la barriga y eructó― ¿Droga?¡Tráfico internacional de armas!
―…Peor aún… su último libro… Spanish Texas. Ha escrito en él algo que debe hacer cabreado a … a algún pez gordo… de Texas o de Nuevo México… no lo tenemos muy claro… el caso es que firma su novela en la Feria del Libro de Madrid, este 4 de Junio de 11 a 13 horas, en la caseta 42 de LATORRE LITERARIA, y creemos que pudiera ser un escándalo si el supuesto interfecto cabreado se presentase… y te necesitamos para que estés allí, y nos eches una mano protegiéndole… el novelista se llama Félix Hernández de Rojas, apunta.
J. tosió y casi se atraganta del susto. Aquel nombre le venía a la memoria y no sabía de qué. Eso de Texas le recordaba a los corridos, a la frontera, a los búfalos o a los toros, que siempre se liaba con todo esto y cosas así… ese Félix debía ser un pelanas de cuidado. Y ciertamente de cierto famoseo, puesto que J. solo entendía de malas novelas negras o de filosofía de tascas.
―Te llevará apenas un par de horas. Puede que haya jaleo, así que no olvides lo que tú ya sabes ―y señaló, guiñando el ojo, un bulto bajo el sobaco de la chaqueta, y lo que creyó que debiera ser su herramienta de detective… pero que no era sino un gurruño del último Marca, que siempre le servía para acompañar sus insípidas esperas.
J. estaba feliz. Era primavera avanzada. Tenía una excusa para volver al Retiro, apostarse en aquella caseta y esperar a que el escritorcillo terminase de firmar los ejemplares de ese Spanish Texas. Y mientras, contaría los culos al menearse. ¡Ah!, ¡qué ocasión más propicia, entonces, para echar una siestecilla! y allí, recostado al solecito, viajar a todos aquellos mundos transoceánicos, con aquellas aventuras donde él cambiaría el discurrir de la Historia, si es que la Historia tuviera un discurrir pero también un incierto destino por ser mutado.

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El gran mamporrero de la España cañí (1)

Él decía denominarse «mamporrero de políticos» y eso sonaba raro-raro, mucho más si cuando te lo decía lo hacía casi siempre con un tubo de cerveza entre las manos. He olvidado y tergiversado en mis recuerdos tantas de sus historias que los bandos y las siglas se me retuercen y si tan siquiera hubiera de narrarles una de ellas, haría grave apaño a los aludidos. Por eso he decidido callar. Ni miento por error u omisión.
Mi amigo, el «mamporrero», era un tío pagado de sus aventuras. Se decía trabajador del poder, desmembrador de encrucijadas y putero de la realidad. Me decía que en las orgías los ideales o posicionamiento son casi siempre muy relativos: tú encima o debajo es el sustrato básico y después… pues es todo ponerse a hablar y va veremos…
Tuve la sensación que en sus muchas de sus historias inventaba e idealizaba a sus políticos: y no eran ni tan vagos ni tan mediocres, y por otro lado, tampoco eran tan dechado de virtudes.
Y yo siempre les vi, creo yo, un batiburrillo de pasión, orgullo y dinero. Vaya que sí… y sobre todo esto último…
Pues va por ellos estas historias y vamos al lío…

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#ImaginadoCervantes #ImaginadoQuijote #porMaríaZambrano

A veces se imaginaba al esqueleto de Cervantes reclinado sobres los papeles, leyendo así las palabras dedicadas por María Manzano. Ambos se habían lanzado por caminos polvorientos, él había estado cautivo en Argel, ella en México, y ambos ansiaban una oportunidad para que el hombre se lanzara al alba, al alborear, a ese estado de libertad indeciso. A ese estado de reclusión del que tan solo la locura e imaginario de los hombres nos permite escapar.
Por eso y por mucho más Cervantes ideó su Quijote y por eso se lo imaginó también abandonando su hacienda manchega. Únicamente para que María lo reprodujera años después en aquel discurso magistral.
Lo revelador, lo más sagrado llegaría casi 400 años después. Fue Cervantes un tipo callado. Rumiaba su futuro, eso decían, pero él creía sino creaba su futuro, o más bien, lo barruntaba.
A veces él, el Quijote, se imaginaba los huesos de Cervantes, pues fue éste su amo, levantándose, siendo llamado por Cristo como lo fue Lázaro tiempo atrás. Y era su calavera que se reía, y los párpados vacíos, y las cuencas, y todo eso que los muertos echan en falta cuando se nos aparecen.
A veces el Quijote se imaginaba la voz de su escritor que se resignaba y lloraba en soledad, como siempre hacen los muertos. Era a la vez grito y silencio. Porque todos hablaban de él pero nadie se detenía a escucharlo. Nadie se reclinaba sobre las comisuras de sus labios.
Menos mal que María Zambrano aún resistía con las hermosas palabras recitadas en aquel discurso, y entonces se le acercaba y le decía que aún quedarían locos suficientes, locos sueltos para celebrar su no-carnaval. Y es que lo importante comenzaría al día siguiente, pues sería el momento de abrir las tapas y leer sus ingenios perennes.

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El misterio de las cartas de Navidad #MerryChristmas #FelizNavidad

Navidad 2015Un día previo a las Navidades, dos revoltosos hermanos de nueve años junto a su hermana adolescente paseaban frente a unas galerías comerciales, cuando se encontraron sentados en un banco a cinco tipos un tanto peculiares. Parecían cabizbajos, meditabundos, tristones, hablaban en voz baja, como compartiendo un asunto relevante. Tres de ellos iban disfrazados de Reyes Magos, otro de Papá Noel y un último era realmente pequeño, ¡diminuto, en realidad! y tenía unos largos bigotes y rabo y ¡parecía un ratón! Por el cansancio de sus rostros podrían no haber dormido la noche anterior. Ante la singularidad de aquel grupo, los niños, camino del quiosco, se detuvieron curioseando y comenzaron a revolotear a su alrededor y a preguntarles con inocencia. La hermana, mientras, miraba de reojo, pensando que eran los actores de algún casting Navideño, y se mantenía expectante para ver por dónde discurría el encuentro. Entonces aquellos cinco personajes se comportaron con enorme dulzura, agradecidos por el espontáneo interés, como si un gran momento hubiera acaecido y abandonaron momentáneamente su tristeza para atender a los niños. Y algo mágico sucedió entonces cuando a aquellos cinco seres se les iluminó el rostro con intensidad, y uno de ellos, el que parecía un enano con pinta de ratoncillo, se adelantó y terminó contando a la familia esta historia, su historia, asentida por el resto, mientras todos la escuchaban:

Por increíble que nos parezca los Reyes Magos habían dejado de recibir las cartas de los niños. Todo había sucedió gradualmente, poco a poco y años tras año, ya que cada vez llegaba menos correspondencia navideña… y así las sacas de Correo Real eran menores y más enflaquecidas… hasta que finalmente, precisamente aquellas últimas Navidades, hubieron de admitir la horrible y evidente realidad: ¡no habían recibido ni una sola! Con urgencia llamaron a Papá Noel, pensando que se trataba de algún problemilla informático, o quizás que los Pajes Reales, siempre diligentes hasta la extenuación, hubieran estado enredando con alguna picara broma. La sorpresa fue pistonuda, la central logística de Papá Noel se encontraba en un completo caos, y los Nomos y Duendes tecleaban ferozmente en las pantallas buscando un enigmático error. Y era que el anciano Noel tampoco había recibido carta alguna. ¡Ni una sola! Inclusive, a la desesperada, avisaron al ratoncito Pérez, sabedores de que los dientes de los pequeños se les caen ajenos a las fiestas navideñas. Y allí, cuando acudieron con prisa a su pequeño palacio, lo encontraron sentado en la diminuta silla, encogido y apesadumbrado…, el pobre ratón gemía y gemía. Era cierto que había notado bruscamente el descenso de las peticiones de los infantes… y no lo había dado importancia hasta ahora… porque… porque ahora tampoco él ya recibía dientes ni carta alguna de los niños…

¿Qué misterio embarcaba a los pequeños del mundo y a sus cartas como para no enviarlas en tan señaladas fechas?¿Y qué relación guardaba aquel misterio con el ratón Pérez?

Así que pensaron que lo mejor sería comprobarlo directamente. Por eso montaron un grupo expedicionario de incógnito. Eligieron unos disfraces, lo más razonables para no ser descubiertos y marcharon en dos equipos: los tres Reyes, disfrazados de abuelos, irían a unos grandes almacenes y preguntarían allí por los regalos de los nietos. Noel y el ratón Pérez también probarían suerte y para interrogar directamente a los niños buscarían trabajo en otro gran centro comercial, concretamente en la sección de juguetería infantil.

Los Reyes Magos aterrizaron, pues, en pleno Adviento, en un macro centro comercial lleno de luces y con la música bastante alta. La gente marchaba con prisa. Y parecía asustada. No paraba de mirar al reloj. Los niños corrían de un lado a otro, perseguidos por sus padres y gritando y señalando las estanterías con estupor. Melchor detuvo a uno de ellos y le preguntó con delicadeza dónde iba tal alterado:

―Voy a entregar mi carta. Déjame… ―y se zafó de él con fuerza

Aquella expresión le sorprendió a Melchor por maleducada. El niño temblaba agotado. Detrás el padre se excusó:

―Perdone al niño. Hoy es el último día para pedir sus regalos de Navidad y no podemos esperar… ―y marchó escopetado sin dar más explicaciones

Por eso decidieron saber a dónde iban los niños y los padres con esas prisas galopadas. Fue una carrera terrible, y tan sólo Baltasar fue capaz de seguirlos ya que siempre había sido un gran atleta. Finalmente llegaron a un elevado estrado, repleto de adornos chillones, donde una larga hilera de niños berreaba y al final de ella… un pajecillo recogía sus cartas y sonreía forzadamente dando besos y achuchones a diestro y siniestro.

―Oye… pero sí ese paje no es uno de los nuestros… ―le susurró Melchor al resto de reyes con cara de sorpresa―…ese impostor se está apropiando de nuestras cartas…

―¿Y qué hará con ellas? ―le replicó Baltasar muy preocupado

Disimularon pacientemente esperando a que terminase la jornada en el centro comercial para ver qué sucedía con las cartas allí recogidas. Mas fue fácil comprobarlo: El falso paje cerró su chiringuito y cansado, abandonó las cartas ¡al servicio de limpieza! y así se deshizo de ellas de un plumazo. Aquello fue desalentador. Mientras tanto, Noel y ratón Pérez habían solicitado un puesto de promoción comercial como duendes de apoyo en el expositor de tecnología de un gran centro. El responsable dijo, ¡realmente son unos tipos interesantes, con esas barbas inmensas y bigotes negros harán las delicias de nuestros pequeños clientes!

Pronto Noel y Pérez comenzaron a atender a los pequeños, si bien se percataron que ellos sabían perfectamente lo que querían. Porque detrás iban sus padres con la lengua fuera, apuntando detalladamente los números de catálogo y recibiendo explicaciones de sus hijos sobre las ventajas de un producto respecto a la versión anterior, evidentemente ya obsoleta. Finalmente les entregaban las cartas a Noel y Pérez, repletas así de siglas incomprensibles y estos las apilaban siguiendo las indicaciones que habían recibido esa la mañana de la dirección de la tienda.

Al llegar la hora de cierre, Noel y Pérez preguntaron al encargado qué deberían hacer ahora con todas estas cartas de los niños:

―¡Pues qué va a ser! Tirarlas a la basura…

―¿Y dónde está el Servicio Oficial Postal de Papá Noel y de los Reyes Magos? ―preguntaron al unísono, mas no obtuvieron ninguna respuesta.

Un escalofrío les recorrió todo el cuerpo. Temían lo peor.

Cuando aquella misma noche se reunieron los cinco, intercambiaron entre sí los detalles de sus aventuras. Ahora ya lo tenían claro, aseveró Papá Noel. Los niños estaban siendo engañados por los falsos pajes y nomos. Es más, la ciudad estaba plagada de falsos Papás Noel y Reyes Magos de tres al cuarto que ni siquiera estaban acreditados como miembros del Oficial Cuerpo de Dobles, cuyo fiel cometido siempre había sido hacer llegar abrazos y cariño a todos los pequeños de la tierra. Pero todavía había dos preguntas: ¿qué había pasado con sus Pajes y Nomos Oficiales y por qué los niños no echaban en falta las cartas y sus deseos cumplidos? Por ello decidieron que continuarían investigando aquel misterio. Eso sí, irían todos juntos y preguntarían a los falsos pajes y nomos haciéndose pasar por sus compinches.

A la mañana siguiente comenzaron pronto aunque la cosa fue más bien fácil, porque rápidamente cuando encontraron a los falsos nomos se burlaron rápidamente de ellos y les explicaron con claridad:

―Es evidente, ya lo sabéis, las cartas ya no son necesarias, hace tiempo que prescindimos del Oficial Cuerpo de Dobles de Reyes Magos y Papá Noel puesto que los niños reciben todo lo que quieren… en realidad, consiguen mucho más de lo que precisan.

―¡Es cierto!, ― les confirmaron unos tipos disfrazados de Papa Noel mientras se mofaban de las ilusiones de sus pequeños clientes―, ahora los niños reciben cuanto piden, y ya no desean con pasión… ni nadie sueña con ello por las noches. Sus padres o ellos mismos se encargan de decírnoslo directamente para que no les falte nada de nada… o les saturamos el coco con todos estos chismes de los anuncios… y luego los fabricamos… y ya está, y los enviamos a las casas mediante los Reyes Magos falsos y sus secuaces. Los Reyes Magos de antes ya no importan a nadie… y no es necesario que los niños tengan ilusiones… tan solo queremos que posean cosas y más cosas y cuántas más y más caras… pues mejor.

Aquello dejó helados a nuestros cinco héroes.

―¿Y qué pasará con Ratón Pérez? ―preguntó el Ratón albergando alguna esperanza, ya que no le habían mencionado

―Olvídate. Fue súper fácil librarnos de él. Porque ahora los niños quieren todo rápidamente. Hemos desarrollado un servicio exprés de reparto nocturno. En cuanto a los niños se les caen los dientes, tenemos el regalo debajo de su almohada y listo. No uno, ni dos, ni tres… ¡todos los que se les haya pasado por la cabeza!¡Es una maravilla!¿No te parece genial?¡Nos estamos forrando!

El problema tenía una pinta espeluznante. Los cinco héroes llamaron a sus Duendes Oficiales de Campo, un fornido equipo de fieles trabajadores que hasta aquel momento habían sido responsables de la recogida de los deseos de los niños y de procesar sus cartas para seleccionar los más importantes de cada lista y hacerlos llegar en Navidad. Comprobaron con horror que la historia de los falsos Reyes Magos, Papá Noel y Ratón Pérez que proveían de cuanto se imaginaban los niños era cierta; es más, los verdaderos Duendes de Campo ya habían sido desplazados casi por completo de la tierra. ¡Fue fácil!, les dijeron, pues aquellos centros comerciales y tiendas tan solo buscaban se consumieran regalos y cuanto más mejor y cuando descubrieron las formas de conseguirlo… sencillamente fueron arrinconando a los Verdaderos Duendes sin remisión. Ahora apenas les quedaban cuatro puestos y siempre en los lugares de menor interés y apenas transitados por niños. Por eso no llegaban ya cartas y en realidad todas ellas terminaban en la basura al ser entregadas a sus suplantadores. Esa era la razón cierta y verdadera del embrollo y todo el misterio.

Aquello era terrible. Había que pararlo cuanto antes. De lo contrario, los Reyes Magos, Papá Noel y Ratón Pérez serían completamente innecesarios: y serían olvidados. Aquella Navidad tenía pinta de ser una Navidad muy triste en la tierra para nuestros cinco héroes. Era cierto que muchos niños verían colmados sus deseos materiales, y que acumularían los regalos que abrirían sin ilusión, sin agradecerlos ni entender su sentido. Porque todo era cuestión de dinero. Pero por otro lado, sin los Reyes Magos ni Papá Noel o inclusive el ratón Pérez, los niños más pobres, que justamente eran siempre los más, se quedarían esperando un regalo que nunca sería recibido. Los Pequeños y Verdaderos Nomos habían sido completamente suplantados junto a los Reyes Magos, Papá Noel y ratón Pérez y con ellos los sueños de la mitad de la humanidad. No sabían qué hacer… y por eso habían terminado en aquel banco en cualquier lugar, esperando quién sabe qué milagro solventara el embrollo de las cartas…

Y aquí terminó abruptamente la historia del pequeño personaje disfrazado de ratón… luego quedaron todos silenciosos, mirando hacia abajo, y sin saber más bien qué decir. En el interior del corazón, los tres niños querían pensar que todo era una cómica patraña. Pero cuando el pequeño ratón se calló, gimió y finalmente comenzaron a llorar los cinco héroes desconsolados…. los niños se derrumbaron, quizás porque se dieron cuenta que aquellos cinco hombres no eran simplemente actores estrafalarios y quizás fuesen mucho más importantes de lo que parecían a simple vista. Los niños dudaban si estaban ante los verdaderos Reyes Magos, Papá Noel o Ratón Pérez aunque ahora sí estaban seguros que su historia era totalmente cierta: la ilusión de las cartas de Navidad estaba en peligro. No se sabe cuánto tiempo estuvieron todos juntos más pero se hizo realmente tarde. Intercambiaron frases de esperanza y se despidieron y los chicos volvieron a casa apesadumbrados sin saber qué hacer.

Como las historias hermosas de Navidad deben ser sobre todo de esperanza, queremos pensar que la solución al embrollo estará en nuestras manos, y que la Navidad y sus cartas no correrán peligro alguno. Porque unos días después del encuentro con los cinco personales el padre de los chavales me llamó, pues es amigo mío, y pensó que podría ser buena idea que escribiera este cuento para compartirlo. Y fue que me dijo para que apareciera textualmente:

―Lo hemos pensado mucho toda mi familia y le hemos dado vueltas para encontrar la solución. Y creemos tenerla, escucha: ¡La clave consiste en recuperar la ilusión, la esperanza en las cartas de nuestros hijos! Los deseos son deseos porque son pequeñas gotas que duermen en los sueños de los niños. Debemos hacer a los Reyes, a Papá Noel y hasta al ratoncillo Pérez otra vez imprescindibles en nuestras vidas. Porque la lista de los regalos claro que pudiera ser muy larga, pero nuestros hijos deberán finalmente elegir su deseo más querido… Además hay que saber que no toda ella deberá cumplirse… y que la misión de los Reyes Magos y Papá Noel será muy importante para aplicar sobre aquellas cartas su sabiduría y elegir únicamente tres regalos por cada carta: uno para a su vez regalar a un niño que no pueda tenerlo. Un segundo para compartirlo con otro. Y el tercero que será finalmente en exclusiva para el niño que la escribió.

En fin, esto que leen es la propuesta de aquella familia por mantener viva la Navidad, y seguro que a vosotros se os ocurre otras muchas ideas inspiradas. No os olvidéis de preguntar al nomo o duende o paje si es uno Oficial, o si vemos a los Reyes Magos o Papá Noel saber si son los reales o pertenecen al Oficial Cuerpo de Dobles. Tenemos que asegurarnos que todas las cartas de nuestros hijos estén repletas de ilusión y que llegan a tiempo para que se preparen las sacas y se carguen los trineos de los renos y de los camellos… ¡ah!¡Y no olvidéis el caso de leche y las galletas o el turrón!¡qué vienen con hambre!

De nosotros depende que este año nuestra Navidad sea especial y quede grabada en los corazones.

¡Feliz Navidad a todos amigos!

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