La epifanía de la #vacuna

En los tiempos del fin de los tiempos, en el tiempo de las despedidas entre cristales de las residencias, en el tiempo countdown, aquel que nos hizo naufragar como sociedades, el que nos hizo mirar a los relojes atómicos y descubrir que nuestro fin no provendría tan solo de sus misiles, un tiempo tan asimétricamente paritario, el tiempo de las cacofonías de los pueblos que no se escuchan.

El tiempo de las colas del hambre, de las cifras que nos invitaban a no salir de casa, también el tiempo ese cuando los barquitos (por llamarlos así) cruzaban mares y la gente se moría a cien metros de las playas mientras los turistas tomaban daikiris y los saludaban. El tiempo de las ideologías y de los algoritmos, de los gobiernos conquistados por las agendas repletas de promesas que no dan de comer pero que ocupan el tiempo de las bocas.

Hay ideas que sirven de tijera, ideas que taladran el suelo y buscan petróleo, que construyen muros, que nos obligan a hablar en otros idiomas. Al virus le importaba un pito todo esto, porque su mecanismo de reloj tic-tac carece de una ética superior que le impida no más que perpetuarse, como si el leopardo hubiera de crear un Comité Ministerial para dilucidar cuál gacela sería sacrificada primero.

Las ideas del hombre mueven al mundo… pero otras muchas veces lo detienen en seco por codicia, egoísmo e incomprensión. Será cosa de las fronteras, de los trámites, del dinero, del bienestar que yo disfruto y que otros muchos miles de millones miran por la ventana.

En los tiempos del fin del tiempo llegará la vacuna del COVID aunque no de la deshumanización. No tenemos aún la vacuna de la impiedad y del desorden interesado, del odio que sigue fluyendo y transitando por las puertas de los países, del odio que desangra a nuestros hijos, y por esto nuestros científicos duermen desconsolados y nuestros doctores llenan las UCIs con su dolor.

Pero siempre un paso es un paso.

¡Larga vida a la vacuna del COVID! Y que no sea la única vacuna de nuestra epifanía.

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