Los tiempos de Humboldt (VIII). La gran puta.

Humbdolt tenía una amante, díscola y hormonada. Pero ella le engañaba constantemente sin él saberlo. Y aunque él se creía el dueño de sus piernas (las dos), ella se entregaba con desdén a cualquiera que se lo pidiera. No era un contubernio monetario, que era la praxis de la filosofía del dictador: todos somos útiles hasta el instante mismo que dejamos de serlo.

Ella entonces le besaba y le restregaba con furia su lengua y sus valores. Y respondía mimosa: «Me tendrás justo el tiempo que veas utilidad en mi. Del resto, cariño, me encargo yo misma…»

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