Spanish Texas

>
Un breve retazo de la novela en la que estoy trabajando. Os abro el corazón de uno de los protagonistas, que por el momento llamo Julián.

Sabrán que lo peor de los exploradores, de los veteranos de las cruentas guerras, de los guerreros y conquistadores glorificados de allende desconocidas tierras, siempre fue y había sido, claro está, su soledad. La soledad de Hernán Cortés, de Alvarado, de Cabeza de Vaca. El atril de la gloria. La historia acelerándose presta bajo nuestros pies. El turgente sabor de la prepotencia. Del abandono, el arte de la supervivencia. Julián no compartía con dichos prohombres e hijodalgos armas, escudo o celada. Tampoco hazañas o jornadas para que la posteridad le considerarse más tarde. Pero el caso era que ahora se le había despertado un instinto similar al de aquellos lejanos héroes, un instinto con el que había aprendido a vivir, dormitando en su interior, sin considerarlo, hasta entonces, necesario para su vida. Y ahora, inquieto, le producía cosquillas en el corazón. Cuando pudo domeñar aquella soledad, se hizo cargo absolutamente de ella, por fin, detrás de su puerta, apareció el vergel de las posibilidades estúpidas que hasta aquel día se había cercenado. Y como conquistador de su vida, cruzó algunos linderos, tomando posesión de nuevas veredas. Muchas veces no somos ni paisanos de nuestros corazones. Aunque tampoco seamos albaceas de nuestros destinos…

foto: Pedro de Alvarado, 1485-1541

Share

Fragmento de Spanish Texas

>
Permitidme que os muestre un fragmento de “Spanish Texas”, un pequeño proyecto en el que estoy trabajando estos últimos meses.

Aquel lunes había vomitado lo suficiente como para levantarse demasiado tarde. Era medio día. Se sacude la cabeza y descalzo, se arrastra al cuarto de baño. Su rostro, en el espejo, le produce cierta sorpresa. Se frota la nariz y saca la lengua con sorna: será la imagen (misma) que se refleja en aquel marco descolorido, el garabateo de sus fauces, su inmensa barrigota flácida. Se desnuda, arrojando lejos el pijama. Manipula el grifo para que salga agua caliente, y mientras espera, se golpetea los muslos. Al son, tararea. Ritmo mágico, oriundo de playas lejanas. Tal vez una bachata machacona de no sabe que cedé de moda. Contra el rumor de la ducha oye que lo llaman por teléfono. Una, dos, tres veces. Espera con satisfacción a que salte el contestador: era la secretaría del bufete, recordándole la fecha de entrega. Jodidos impacientes.

Con el paso de los minutos empieza a recordar y su cerebelo se despereza; aquel bar de copas, la música de fondo, el dance con las putas. La noche pasada: le parece un camino largo, recorrido hace casi una eternidad, impreciso, que se dibuja en su memoria como una ensoñación acaramelada. Se siente sencillamente realizado, feliz, ya no recordaba cuanto tiempo hacía que fumaba marihuana o se iba de nenas. Ahora que lo piensa le gustan cada vez más, y sobre todo, las putas negras. Como la chupan. Como se menean encima. Como hincan su culete. Le gustaba pagar, por supuesto, y más ahora, que por fin podía hacerlo. Con la billetera llenita de euros. Llegar a la güesquería, acomodarse en la barra y esperar a que le entren a uno. Desvanecerse con las luces rojas y cutres de la barra. Ayer, por fin, pudo visitar su pequeño paraíso, patrocinio feliz de los familiares de Laura Buendía. Y se ríe: jodida ironía, aquella triste niña muerta, encontrada con un picha floja; se le ocurre que quizás Laura completase su tercemundista salario en la productora haciendo de buscona por horas. Terrible contradicción. Si fuese del tal guisa, la muerte de la niña había pagado su revolcón. La puta pagando a la puta. Todo queda casi en familia.

Entonces, con el chorro de agua hirviendo sobre su cara, empezó a comprender que algo gris sucedía, y no sabía cómo, había encontrado un nuevo pedazo del puzzle; saltó con prisa, dejando el reguero tras sí. La toalla anudada hasta su dormitorio. Sobre la cama, despanzurrada, la carpeta y las fotos del accidente. Los cuerpos ensangrentados, la nieve, los rostros desfigurados:

-… Ya sé quién cojones eres, jodido muchacho…

Share