#SpanishTexas se va de farra a la #feriadelibroValladolid @AyuntamientoVLL día 18 por la tarde

El día que J. aceptó ser detective delegaría su destino al designio del sol y sombra. Relegó sus sueños al rincón pútrido de las esquinas que nunca barreremos, con sus arañas depredadoras, sus cucarachas macilentas y todos estos bichos que odiamos y amamos en nuestra casa… pero que estorban.
Aunque J. era mucho más que todo eso, y si bien mirado era un tontorrón, un obseso perseguidor de mujeres (en la distancia), un vil pajillero que había trabajado intensamente para arruinar su vida. Y en la relación anterior de adjetivos debo incorporar lo siguiente: era también un vago.
Con todo lo anterior, digo, que no debamos esperar mucho de él. Al menos esto me contaron. Y cuando la editora me llamó y me dijo que un bufete de la Gran Vía me estaba pagado un guardaespaldas, al principio tuve miedo y luego sorpresa y luego cuando lo vi me indigné y pensé que mala suerte tenía, y que «este tío es un cerdo pero que muy cerdo».
Y J. estaba allí, como un pánfilo, en la caseta, mirando qué sé yo. Vestía todo de negro si bien a fuerza de lavadas la camisa se desteñía. Estaba sentado en una silla, en la jodida silla donde iba a estar sentado yo firmando minutos después. Le sonreí y me presenté. Ni me prestó atención, miraba las colecciones de cine, o quizás fuera una novela de Thomas Mann y luego supe que tan solo leía a Jim Thompson, a lo sumo poemas sueltos de Panero. Luchaba de esta forma, leyendo a los grandes fornicadores, por sobrevivir, y salvar, algo de sí mismo, lo que fuera.
Luego tomó mi Spanish Texas de la mano, leyó su contraportada, abrió una hoja cualquiera y después de releerla me preguntó que por qué querían matarme. Por suerte subieron en aquel momento la persiana de la caseta, y la larguísima cola me obligó a carraspear con fuerza a J. exigiendo abandonara aquel sitio, pues era mi lugar. Finalmente le aparté de un codazo y no pude sino ponerme a firmar. Él se quedó a mi lado custodiándome, con la mano metida en el bolso, en lo que parecía era la pipa. Misteriosamente nadie preguntaba por él. Mis lectores se aproximaban, esperaban su turno y charlábamos, siempre ignorándole. He pensado después si fuera una alucinación de mi memoria.
Hoy me volvió a llamar el editor y me dijo no sé que de Valladolid. Algo del 18, por la tarde, Plaza Mayor, en la gran Feria del Libro de la ciudad. Allí estaré, por supuesto. Y claro, está, a mi lado tendré a este detective bilocado, el tal J.
¡Dios le parta un rayo!

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