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A veces se imaginaba al esqueleto de Cervantes reclinado sobres los papeles, leyendo así las palabras dedicadas por María Manzano. Ambos se habían lanzado por caminos polvorientos, él había estado cautivo en Argel, ella en México, y ambos ansiaban una oportunidad para que el hombre se lanzara al alba, al alborear, a ese estado de libertad indeciso. A ese estado de reclusión del que tan solo la locura e imaginario de los hombres nos permite escapar.
Por eso y por mucho más Cervantes ideó su Quijote y por eso se lo imaginó también abandonando su hacienda manchega. Únicamente para que María lo reprodujera años después en aquel discurso magistral.
Lo revelador, lo más sagrado llegaría casi 400 años después. Fue Cervantes un tipo callado. Rumiaba su futuro, eso decían, pero él creía sino creaba su futuro, o más bien, lo barruntaba.
A veces él, el Quijote, se imaginaba los huesos de Cervantes, pues fue éste su amo, levantándose, siendo llamado por Cristo como lo fue Lázaro tiempo atrás. Y era su calavera que se reía, y los párpados vacíos, y las cuencas, y todo eso que los muertos echan en falta cuando se nos aparecen.
A veces el Quijote se imaginaba la voz de su escritor que se resignaba y lloraba en soledad, como siempre hacen los muertos. Era a la vez grito y silencio. Porque todos hablaban de él pero nadie se detenía a escucharlo. Nadie se reclinaba sobre las comisuras de sus labios.
Menos mal que María Zambrano aún resistía con las hermosas palabras recitadas en aquel discurso, y entonces se le acercaba y le decía que aún quedarían locos suficientes, locos sueltos para celebrar su no-carnaval. Y es que lo importante comenzaría al día siguiente, pues sería el momento de abrir las tapas y leer sus ingenios perennes.

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